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Inteligencia extraterrestre

Una solución a la paradoja de Fermi

Aun si la Vía Láctea estuviera repleta de viajeros espaciales extraterrestres, no debería sorprendernos que no hayan visitado todavía nuestro planeta.

MARIA CORTE

En síntesis

Algunas extrapolaciones elementales indican que, de existir otras civilizaciones de viajeros espaciales en la Vía Láctea, podrían extenderse por toda la galaxia con sorprendente rapidez. Entonces, ¿por qué no parecen haber llegado a la Tierra?

Las respuestas más habituales a este enigma (que estamos solos, que es imposible realizar viajes interestelares o que los extraterrestres se esconden de nosotros) se basan en suposiciones que rayan en lo inverosímil.

La explicación más probable de la aparente soledad de la Tierra podría ser que los asentamientos galácticos ocurren en oleadas y nuestra especie ha surgido en un planeta fuera de ruta durante una tregua momentánea en la exploración interestelar.

El 15 de enero de 1790, nueve amotinados del Bounty, dieciocho hombres y mujeres de Tahití y un bebé llegaron a la isla de Pitcairn, uno de los lugares habitables más aislados del planeta. Rodeada por las aguas meridionales del océano Pacífico y a cientos de kilómetros de las islas más cercanas, Pitcairn es el paradigma de la soledad.

Antes de que hiciesen su aparición los fugitivos del Bounty, puede que la isla no hubiera presenciado ningún episodio de ocupación humana desde el siglo XV, cuando todavía estaba habitada por una comunidad polinesia que quizás existió durante siglos. Dicho período aparentemente culminó con el agotamiento de los recursos naturales y una serie de conflictos con otras islas lejanas que interrumpieron las rutas comerciales y de abastecimiento, lo que en la práctica supuso la extinción de la población de Pitcairn. Un lugar que era habitable se había vuelto insostenible hasta la llegada del Bounty aquel fatídico día de 1790. Sorprendentemente, pasaron dieciocho años hasta que otro barco ancló en sus costas, aunque los colonizadores dejaron constancia del avistamiento de otras embarcaciones que navegaban en la lejanía.

La historia de Pitcairn no es más que un ejemplo extremo de la inusual dinámica de la ocupación humana en el Pacífico Sur. Las regiones de Polinesia, Micronesia y Melanesia albergan decenas de miles de islas repartidas a lo largo de millones de kilómetros cuadrados de océano. Muchas de ellas apenas son protuberancias de roca y coral, y no todas las que son habitables están pobladas en un momento dado. Pero, en conjunto, representan un vasto paisaje de posible asentamiento y civilización para quienes se animen a navegar por las aguas más remotas de la Tierra.

Existe un asombroso paralelismo entre este entorno inconfundiblemente terrestre y nuestros alrededores cósmicos. En la Vía Láctea tal vez haya 300.000 millones de estrellas. Las mejores estimaciones basadas en los estudios de búsqueda de exoplanetas (como el que llevó a cabo el telescopio Kepler de la NASA) indican que en ese océano de cuerpos estelares podría haber más de 10.000 millones de pequeños mundos rocosos en configuraciones orbitales que propicien unas condiciones superficiales acogedoras. Como las islas terrestres, esas motas exoplanetarias podrían tanto generar como mantener sistemas vivos y constituir una red de paradas intermedias para cualquier especie dispuesta a emigrar a través del espacio interestelar. Y ahí es cuando las cosas se ponen interesantes.

Del mismo modo que los europeos acabaron comprendiendo que los habitantes del Pacífico Sur se habían diseminado a lo largo de sus miles de kilómetros de océano en sencillas embarcaciones que se deslizaban a unos pocos nudos de velocidad, hoy entendemos que extenderse por toda la galaxia no debería requerir mucho más que persistencia y una módica cantidad de tiempo cósmico.

Parece que el primero en percatarse de ello fue Enrico Fermi. Según reza la famosa historia, el físico italiano almorzaba con otros científicos en 1950 cuando espetó: «¿Nunca os preguntáis dónde está todo el mundo?». Con «todo el mundo» se refería a cualquier especie de viajeros espaciales, y con el tiempo su pregunta se convirtió en la igualmente célebre (aunque con un nombre un tanto engañoso) «paradoja de Fermi»: a menos que haya sumamente pocas, las especies tecnológicamente avanzadas ya deberían haberse diseminado por casi toda la galaxia. Y sin embargo, no vemos indicios de su existencia. Fermi, conocido por su habilidad para los cálculos mentales, había deducido de manera aproximada que sería posible colonizar la Vía Láctea en un abrir y cerrar de ojos cósmico, teniendo en cuenta que el tictac del reloj galáctico se mide en millones de años.

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