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¿Vuelve la fagoterapia para quedarse?

Un tratamiento que data de la Primera Guerra Mundial comienza a resurgir en la lucha contra las mortíferas infecciones multirresistentes.

ASHLEY MACKENZIE

En síntesis

Las bacterias nocivas se están volviendo cada vez más resistentes a los antibióticos. Los médicos depositan sus esperanzas en una nueva estrategia basada en virus que las infectan: los bacteriófagos o fagos.

En este momento diversos ensayos clínicos analizan fagoterapias que destruyen las bacterias con estrategias muy distintas.

Para que estos tratamientos lleguen a los hospitales, será preciso acortar notablemente el tiempo y el coste y hallar el fago adecuado para cada bacteria.

Bobby Burgholzer padece fibrosis quística, una enfermedad genética que predispone a sufrir infecciones pulmonares toda la vida. No hace mucho aún mantenía los síntomas a raya gracias a los antibióticos, hasta que dejaron de surtir efecto. A sus 40 años fue un varapalo. Siempre había procurado mantenerse en forma y jugaba al hockey, pero cada día le costaba más subir cuestas o escaleras. Consciente de su empeoramiento, le preocupaba que no hubiese cura. Con una esposa y una pequeña por las que luchar, este visitador médico emprendió la búsqueda de otros tratamientos. Uno atrajo su atención por encima de todos: un virus bacteriófago.

Los bacteriófagos, o fagos para abreviar, son ubicuos en la naturaleza. Invaden las bacterias y se apropian de su maquinaria replicativa para multiplicarse por cientos en su seno, hasta que la célula invadida revienta y los libera al exterior. Descubiertos por los microbiólogos en torno a 1910, se reproducen solo en las células bacterianas. La primera aplicación médica de estos virus se remonta a los años posteriores a la Primera Guerra Mundial, contra infecciones como la fiebre tifoidea, la disentería o el cólera. Más tarde, durante la Guerra de Invierno que la Unión Soviética y Finlandia libraron a caballo de 1939 y 1940, su aplicación a los soldados heridos redujo a un tercio las muertes por gangrena.

Hoy aún es posible adquirir tales tratamientos en países de la antigua Europa comunista, pero en los países occidentales hace décadas que se abandonaron. Dos médicos de la Universidad Yale, Monroe Eaton y Stanhope Bayne-Jones, publicaron en 1934 una revisión influyente en la que argüían con displicencia que los datos clínicos sobre la supuesta acción antinfecciosa de los fagos eran contradictorios y poco convincentes. Acusaron de engaño a las empresas farmacéuticas que fabricaban los fagos medicinales. La puntilla final llegaría en la década siguiente, con la rápida difusión de los antibióticos, tan eficaces como baratos.

Por ahora no se ha autorizado la comercialización de ninguna fagoterapia para humanos en ningún país occidental y la inversión en investigación permanece en mínimos. Aunque en los estudios con humanos en Europa oriental se han cosechado algunos resultados alentadores, como los del Instituto Eliava de Tiflis, en Georgia, que es el epicentro de la investigación en este campo, muchos expertos occidentales afirman que no cumplen con las rigurosas normas de Occidente. Además, los escasos ensayos clínicos realizados en Europa oriental y en Estados Unidos han culminado con algunos fracasos estrepitosos.

A pesar de ese escepticismo histórico, parece que la fagoterapia vuelve a la palestra. La asistencia a las conferencias científicas que la abordan va en auge. Y los responsables de la Agencia Federal de Fármacos y Alimentos de EE.UU. (FDA) y de las agencias sanitarias de otros países no ocultan su interés por ella. Más de una docena de empresas occidentales la investigan y este año ha dado inicio una serie de ensayos clínicos en Estados Unidos. ¿A qué se debe tanto entusiasmo? Algunos afectados por infecciones multirresistentes que ya no respondían a los antibióticos se han curado gracias a la fagoterapia. En virtud del llamado «uso compasivo», la FDA ha accedido a que los médicos que lo soliciten administren tales tratamientos experimentales si demuestran que el paciente ha agotado todas las demás opciones, justo la situación que Burgholzer esperaba probar en su caso.

Las infecciones multirresistentes se están convirtiendo en una grave amenaza para la salud pública. Cada año mueren al menos 700.000 personas en el mundo a consecuencia de estas enfermedades incurables, y las Naciones Unidas predicen que podrían llegar a ser diez millones en 2050. A todo esto, la industria farmacéutica está agotando la línea de desarrollo de nuevos antibióticos.

Como cualquier otro virus, los fagos no están realmente vivos, pues no crecen ni se mueven, ni fabrican energía; se dejan llevar sin más hasta que, por azar, quedan adheridos a una bacteria. A diferencia de los antibióticos, que destruyen las cepas dañinas y las provechosas por igual, cada tipo de fago ataca a una sola especie y, quizás, algunas otras muy afines a ella, sin afectar al resto del microbioma. La mayoría posee una cabeza icosaédrica (un poliedro con 20 caras triangulares) que alberga el genoma y que está conectada a un largo cuello rematado en una cola de fibras, con las que se fijan a los receptores situados en la pared celular de la bacteria. El virus fijado perfora con una especie de jeringuilla la pared e inyecta su material genético, que pone a la célula bacteriana a fabricar copias del intruso. Otros fagos sin utilidad médica penetran del mismo modo, pero permanecen latentes y no se reproducen hasta que la célula entra en división.

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