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Las ciudades perdidas del Amazonas

La selva tropical del Amazonas no es tan salvaje como parece.
LUIGI MARINI
Cuando Brasil estableció el Parque Indí-
gena de Xingú, en 1961, la reserva se
hallaba lejos de la civilización moderna, instalada en lo más recóndito de las extensiones meridionales de la vasta selva amazónica. Cuando en 1992 fui a vivir por primera vez con los kuikuros, kuikurus, o cuicuros, uno de los principales grupos indígenas de la reserva, los límites del parque se hallaban todavía escondidos en gran parte por el denso bosque y eran poco más que líneas en un mapa. En la actualidad el parque está rodeado por un mosaico de campos de labor y tiene los límites marcados a menudo por una pared de árboles. Para los extraños, ese es el verde portal que les lleva del presente, el mundo moderno y dinámico de los campos de soja, los sistemas de regadío y los camiones de cinco ejes, al pasado, el mundo intemporal de la naturaleza y la sociedad primigenias.
Mucho antes de ocupar un lugar central en la crisis ambiental del mundo, de convertirse en la verde e inmensa joya de la ecología global, el Amazonas le resultaba ya singular a la imaginación de los occidentales. La simple mención de su nombre conjura imágenes de junglas rezumantes de humedad, abrumadas por la vegetación; de animales salvajes misteriosos, de variados colores, a veces peligrosos; de redes fluviales infinitamente intrincadas; de tribus de la Edad de Piedra. Para los occidentales, los pueblos amazónicos son sociedades absolutamente sencillas, pequeños grupos que se las arreglan con lo que la naturaleza proporciona, poseedores de un conocimiento complejo del mundo natural, pero carentes de los sellos distintivos de la civilización: un gobierno central, los establecimientos urbanos y la producción económica más allá de la subsistencia. En 1690, John Locke aseveró famosamente: "En el principio, todo el mundo era América". Más de tres siglos después, el Amazonas todavía cautiva la imaginación popular: es la naturaleza en su estado más puro, el hogar de pueblos indígenas que conservan --como escribía Sean Woods, director de la revista Rolling Stone, en octubre de 2007-- "un modo de vida que no ha cambiado desde el amanecer de los tiempos".

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