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1 de Julio de 2001
Política internacional

Armas submarinas supercavitantes

Viajando dentro de burbujas reductoras de la resistencia al avance, torpedos secretos y otros sistemas navales submarinos pueden moverse a centenares de millas por hora.
Cuando, en agosto del año 2000, se hundió el submarino ruso K-141 Kursk no tardó en propalarse el rumor de que las misteriosas explosiones que enviaron la nave al fondo del mar de Barents tenían que ver con las pruebas de un torpedo ultrarrápido. Unos meses antes, Edmond Pope, industrial norteamericano, fue detenido en Moscú acusado de espionaje. Se dijo que había intentado comprar los planos de un torpedo ultrarrápido. Aunque los pormenores del trágico accidente naval y del caso de espionaje siguen envueltos en el misterio, todo indica que ambos incidentes se hallaban relacionados con una nueva técnica que permite a las armas navales y a los barcos navegar sumergidos a cientos de millas por hora, en ocasiones más rápidos que la velocidad del sonido en el agua. Recuérdese que las técnicas subacuáticas tradicionales más veloces tienen su límite en 80 mph.
Cada vez resulta más evidente que las principales potencias navales del mundo pugnan por lograr armas y flotas submarinas capaces de operar a velocidades inauditas. Tal posibilidad de viajar a alta velocidad (una especie de "filo guiado" acuático) se basa en el fenómeno físico de la supercavitación. Se produce este efecto de mecánica de fluidos cuando se forman burbujas de vapor de agua al abrigo de cuerpos sumergidos en corrientes de agua rápidas. El ardid consiste en rodear un cuerpo de una envoltura de gas renovable, de suerte que el líquido humedezca sólo una pequeña parte de la superficie del objeto en cuestión; de ese modo se reduce drásticamente el retardo viscoso. Para la guerra naval, los sistemas supercavitantes podrían suponer un salto cualitativo, no menor que el dado desde los aviones de hélices hasta los reactores e incluso hasta cohetes y misiles.

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