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1 de Julio de 2001
Energía

Petróleo y ecología

Bajo la mayor reserva natural de las costas estadounidenses se esconde un extenso yacimiento petrolífero. Compete a la ciencia ponderar los beneficios económicos y las amenazas que comporta su explotación.
Volando rumbo oeste desde Deadhorse, Alaska, hacia la nueva explotación de Phillips Petroleum en Alpine, desfila a nuestros pies, como una secuencia de imágenes congeladas en el tiempo, la evolución de la explotación petrolífera en la Cadena Norte. Al despegar, ocupa toda la escena el yacimiento de mamuts donde todo empezó: Prudhoe Bay, descubierto en 1968 y que desde 1977 envía crudo, por el oleoducto Trans-Alaska, hasta el puerto libre de hielos de Valdez.
Ascendiendo a mayor altura se divisa en dirección oeste el sinuoso trazado del oleoducto a Kuparuk, cuya riqueza sólo Prudhoe la supera. Kuparuk ha crecido desde su apertura en 1981 hasta convertirse en una maraña de pozos sobre plataformas de grava diseminados en más de 2000 kilómetros cuadrados y ligados por una red de carreteras y conducciones a gigantescas plantas de refinamiento, edificios de acampada, parques de vehículos y oscuros pozos llenos de rocas y lodos extraídos del fondo.

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