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Cerebro y lenguaje

Un extenso conjunto de estructuras neurales sirve para representar los conceptos; otro conjunto menor forma las palabras y las frases. Entre los dos yace un estrato crucial de mediación.

¿En qué piensan los neurólogos cuando hablan del lenguaje? En la capacidad para emplear palabras (o signos, si nuestro lenguaje es uno de los lenguajes sígnicos de los mudos) y para combinarlas en frases de suerte que los conceptos de nuestras mentes puedan transmitirse a otras personas. Pensamos también en el fenómeno inverso: de qué modo aprehendemos las palabras dichas por los otros y las convertimos en conceptos de nuestra mente.

El lenguaje surgió y persistió por lo útil que nos resulta como medio, el más eficaz, de comunicación, sobre todo en lo que atañe a los conceptos abstractos. ¡Trate si no el lector de explicar el ascenso y la caída de las repúblicas comunistas sin emplear para ello una sola palabra! Pero el lenguaje también efectúa lo que Patricia S. Churchland, de la Universidad de California en San Diego, llama con acierto "compresión cognitiva": ayuda a categorizar el mundo y a reducir la complejidad de las estructuras conceptuales a una escala manejable.

La palabra "destornillador", por ejemplo, suple muchas representaciones de ese útil, incluidas las descripciones visuales de su funcionamiento y finalidad, ejemplificaciones concretas de su uso, la sensación táctil que produce el tocarlo o el movimiento de la mano que requiere su uso. Y ¿qué decir de la inmensa variedad de representaciones conceptuales denotadas por una palabra como "democracia"? La economía cognitiva del lenguaje —su facilidad para juntar muchos conceptos reuniéndolos bajo un mismo símbolo— es lo que hace que la gente vaya fraguando conceptos cada vez más complejos y los emplee para pensar a unos niveles que sin tal medio resultarían inasequibles.

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