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1 de Marzo de 2012
Filosofía de la ciencia

Realismo científico. ¿Sigue el debate?

Antiguos problemas metafísicos, como la verdad y la realidad, replanteados a la nueva luz de la práctica científica.

© GEOFFREY HOLMAN/iStockphoto

Si usted cree que la ciencia tiene entre sus objetivos centrales descubrir algunas verdades acerca del funcionamiento del universo, incluidos sus aspectos no directamente observables, y considera que probablemente alcanza ese objetivo cada vez que se comprueba que la realidad concuerda con las predicciones arriesgadas y novedosas realizadas desde alguna teoría (que la luz se curva en campos gravitatorios, por ejemplo); si usted cree que cuando un libro de física dice «el electrón posee carga eléctrica negativa», el mejor modo de entender esta frase es suponer que existe una entidad real, independiente de nuestras teorías, a la que hemos dado en llamar electrón, y que entre sus propiedades está el tener carga eléctrica negativa, entonces, quizá no lo sepa, pero es usted un realista científico. Y si es usted un realista científico, es muy posible que no sea usted físico ni filósofo.

Los físicos tienen buenas razones para no ser realistas, ya que una de sus teorías favoritas, la cuántica, es difícilmente compatible con el realismo. En su visión tradicionalmente más aceptada, la interpretación de Copenhague, la teoría cuántica no atribuye valores definidos a ciertas propiedades de los sistemas cuánticos hasta tanto no hayan sido observados o medidos. Esas propiedades solo adquieren un valor en el proceso mismo de medición, de modo que puede decirse que no existen con independencia del observador. Hay interpretaciones realistas de la mecánica cuántica, pero son minoritarias —si bien sus partidarios han crecido durante los últimos años—. El coste a pagar por ellas es la aceptación de acciones instantáneas a distancia entre dos partículas que han interactuado, universos que se bifurcan tras un acto de medición u otras rarezas ontológicas.

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