Vibradores

Uno de los primeros utensilios eléctricos se abrió paso hacia los hogares como un supuesto instrumento médico.
CORTESÍA DEL MUSEO BAKKEN
Para ser un juguete sexual, las raíces del vibrador parecen desconcertantemente antisépticas y clínicas. Recetado como remedio para una curiosa enfermedad como es la histeria, durante decenios se aplicó clínicamente como una supuesta terapia médica.
Derivada de la palabra griega para «útero», la histeria aquejaba a mujeres con una energía sexual reprimida, o así lo creían los sanadores y los primitivos médicos. Especialmente proclives eran monjas, viudas y solteronas, pero durante la época victoriana muchas casadas fueron también presas de ella; a finales del siglo xix, un par de afamados médicos estimaron que corrían ese riesgo las tres cuartas partes de las mujeres estadounidenses.
La prescripción del orgasmo clitoriano como tratamiento de la histeria se remonta a textos médicos del siglo i d.C. Era corriente que las mujeres recurrieran a los médicos, que las curaban valiéndose de las manos para producirles un «paroxismo», término que oculta lo que hoy conocemos como clímax sexual. Pero la estimulación manual resultaba lenta y, al menos para los médicos, tediosa. En su The technology of orgasm: "Hysteria", the vibrator and women’s sexual satisfaction, la historiadora de la ciencia Rachel P. Maines relata que los médicos solían delegar ese trabajo en las comadronas.
El descubrimiento de la electricidad facilitó las cosas. A principios de la década de los ochenta del siglo xix, Joseph Mortimer Granville patentó un vibrador electromecánico para aliviar los dolores musculares, y los médicos no tardaron en percatarse de que podría emplearse en otras zonas del cuerpo. La innovación acortó los tiempos de tratamiento y engrosó las carteras de los médicos.
Las pacientes estaban también contentas. Se multiplicó el número de clubes de salud que ofrecían la terapia vibratoria y el servicio se generalizó hasta el punto de que los fabricantes advirtieron a los médicos de que no se propasaran con el aparato: si satisfacían la demanda incesante de las pacientes, hasta las vibraciones mecánicas podrían resultar fatigosas. Hacia el cambio de siglo, en los catálogos de labores de aguja se anunciaban modelos para las féminas que desearan probar el tratamiento en casa, con lo que el vibrador se convirtió en el quinto aparato eléctrico, electrodoméstico, que accedió a los hogares, después de la máquina de coser, el ventilador, la tetera y la tostadora.
La validez del vibrador como instrumento médico declinó después de la década de los veinte del siglo pasado, cuando Freud, correctamente, identificó como sexual el paroxismo. En 1952, la Asociación Americana de Psiquiatría eliminó la histeria de su lista de enfermedades reconocidas. Cuando años después volvió a popularizarse el vibrador, a las mujeres ya no les hizo falta fingir una enfermedad para justificar su compra.

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