Crónica de una foto imposible

Un relato en primera persona del esfuerzo colectivo que supuso retratar el entorno inmediato de un agujero negro.

La luz en la oscuridad, Heino Falcke

LA LUZ EN LA OSCURIDAD
LOS AGUJEROS NEGROS, EL UNIVERSO Y NOSOTROS
Heino Falcke y Jörg Römer
Debate, 2021
336 págs.

Hay un género de divulgación científica que comparte con los grandes reportajes periodísticos o con las crónicas viajeras de exploración y descubrimiento un narrador que cuenta en primera persona una aventura apasionante. Los grandes planes y sus dificultades, la incertidumbre al adentrarse en territorio desconocido, los errores, los aciertos y, finalmente, la suerte que decide en el último momento el éxito o el fracaso de la empresa se pintan ante nuestros ojos casi antes de que la historia haya concluido. Quizá aún no esté claro cuál es el poso que va a quedar cuando el viento de la historia amaine, pero la oportunidad que nos ofrece el cronista de atisbar el desarrollo de la historia desde dentro otorga al relato un valor intemporal.

La luz en la oscuridad pertenece a ese género de crónicas en las que lo más importante es la aventura científica de la que el protagonista nos deja tomar parte a través de sus ojos y de su pluma. Cierto es que cualquiera que no viva en un monasterio de una montaña lejana conoce el final feliz de esta singular hazaña: la obtención de la primera «foto» de un agujero negro. Pero la aventura es lo que ocurre en el camino que nos lleva hasta allí, y conocer el final no resta un ápice de interés al relato de la singladura narrado por el capitán de la nave, el astrofísico Heino Falcke, director científico del Telescopio del Horizonte de Sucesos (EHT), con la colaboración del periodista Jörg Römer, editor de la sección de ciencia del semanario alemán Der Spiegel.

El proyecto EHT, en el que han colaborado un gran número de científicos y observatorios de varios países, España incluida, surgió con el objetivo de «fotografiar un agujero negro» tan cerca de su horizonte de sucesos como fuera posible. El objetivo era que los fenómenos que deben de caracterizarlo de acuerdo con las predicciones de la relatividad general pudieran ponerse de manifiesto. Un proyecto que se concibe como el sueño del niño curioso que Falcke nos cuenta que fue, y que inicialmente parece, además, un sueño irrealizable, tanto por las dificultades técnicas como por las conceptuales. ¿Cómo fotografiar algo que, por definición, no emite ninguna luz? ¿Qué se espera ver en realidad? ¿Cómo se ha de interpretar la imagen obtenida? [Véase «La prueba del agujero negro», por Dimitrios Psaltis y Sheperd S. Doeleman; Investigación y Ciencia, noviembre de 2015.]

El libro hace un largo recorrido por la historia de la astronomía y la astrofísica para presentar a todos los actores del drama que posteriormente se nos va a contar: planetas, estrellas, galaxias, púlsares, cuásares... y, por supuesto, agujeros negros. Esta historia corre paralela a la de las herramientas que nos han permitido «ver» y medir cada vez más allá, y a la de los científicos que la han protagonizado, a los cuales se incorpora el propio Falcke, cuya trayectoria vital, espiritual y científica forma parte integral del libro.

Este recorrido histórico desemboca en la concepción del proyecto EHT, su preparación, organización y —muy importante— financiación, y alcanza el clímax durante las noches en que los observatorios participantes se coordinaron para formar, de manera efectiva, un único radiotelescopio enfocado en el agujero negro supermasivo que se esconde en el corazón de la galaxia M87 y que se manifiesta a través de la emisión de un chorro gigante de partículas ultrarrelativistas. De la mano del autor, conocemos el ambiente en el que trabajan los astrofísicos durante las observaciones (la tensión, el sueño y la incertidumbre, pero también la tremenda ilusión) y el anticlímax de los meses de espera hasta que los datos brutos obtenidos son validados, filtrados y combinados para proporcionar la famosa imagen final.

Una de las cosas más destacables de La luz en la oscuridad es el esfuerzo que se ha hecho por describir la ciencia como una empresa colectiva, poniendo en valor las contribuciones de los muchos técnicos, estudiantes y científicos que han contribuido al proyecto EHT en particular y al progreso de la física y la astrofísica en general. El libro incluye, por ejemplo, la lista de todos los miembros del EHT. Hay también un intento de vindicación de algunas figuras que han quedado injustamente en segundo plano, como Georges Lemaître, cuyas contribuciones a la física y a la cosmología modernas (el concepto de gran explosión, la ley de Hubble-Lemaître, la interpretación de la «singularidad de Schwarzschild» del agujero negro) han quedado a la sombra de otros investigadores, como Edwin Hubble [véase «El universo de Georges Lemaître», por Dominique Lambert; Investigación y Ciencia, abril de 2002].

Sin embargo, ese esfuerzo se ve un tanto oscurecido por el afán por subrayar las contribuciones alemanas a la física y la astrofísica a lo largo de la historia. No cabe duda de que a un español, que no puede hacer nada parecido sin hacer el ridículo, esto no puede dejar de producirle una gran envidia, tanta como la que produce la generosísima dotación económica del premio Spinoza que permitió a Falcke iniciar este proyecto. Pero no es esto lo que motiva la crítica. El orgullo nacional acaba traicionando al autor cuando califica de forma general los logros de Kepler como «más esenciales» que los de Galileo, algo que no puede mantener seriamente quien conozca el papel fundamental que desempeñan en la física moderna los principios de relatividad y de equivalencia, a los que Galileo contribuyó de manera muy destacada. Tampoco se puede reprimir una sonrisa al leer que el artículo de Johannes Droste (discípulo de Lorentz y descubridor independiente de la solución que describe el agujero negro más sencillo y de las leyes del movimiento de la materia en torno a él) fue ignorado porque lo escribió en neerlandés en una época en que escribir en alemán era aún importante (en realidad, el artículo se publicó en inglés). Las razones por las que ciertas contribuciones científicas fundamentales, como las de Droste y Lemaître, pasan inadvertidas son uno de esos temas que la sociología de la ciencia quizá debería esclarecer. Y ya que estamos con el orgullo nacional y las contribuciones ignoradas, es una pena que el libro atribuya incorrectamente la creación del calendario gregoriano a los astrónomos vaticanos en vez de a los salmantinos.

Es también muy interesante la reflexión sobre la ciencia, la fe, el ser humano y los límites de todos ellos con que finaliza el libro. Falcke nos habla de su fe en Dios y de cómo, para él, forma parte junto con la ciencia de su búsqueda de la verdad y del sentido del universo. No es un punto de vista muy extendido hoy en día. Entre los científicos suele predominar el agnosticismo o un maniqueísmo en el que la ciencia está de un lado y cualquier otro tipo de creencia no sustentada en el método científico en el otro. La visión de Falcke es integradora y conciliadora, lejos de dogmatismos de uno u otro signo, algo de agradecer en este mundo tan polarizado.

El libro brilla en las descripciones de los experimentos (los detalles, la increíble precisión de las medidas) y de los fenómenos astrofísicos (su objetivo principal), pero deja bastante que desear cuando se explican fenómenos y teorías físicas fundamentales. No es tanto que las simplificaciones dejen insatisfechos a los especialistas, ya que el libro está dirigido a un público muy amplio. Se trata más bien de las imprecisiones y de la perpetuación de ciertos errores en la descripción de los agujeros negros y de los fenómenos que tienen lugar en su entorno o en su interior, que a veces están muy extendidas incluso entre los científicos. Por ello, puede que este libro no sea el mejor lugar para profundizar sobre estos aspectos de los agujeros negros, sobre la relatividad general o sobre la física de partículas, aunque probablemente no era ese el objetivo primordial del libro. Tampoco lo era el de crear una obra de un alto nivel literario, algo que ciertamente no es. En cambio, si el objetivo era escribir una crónica urgente desde el frente donde se libra la lucha del ser humano por entender el universo y entenderse a sí mismo, ese fin se ha conseguido por completo.

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