Las rocas de carbono de Omán

¿Podría un inusual afloramiento rocoso solucionar el problema climático del planeta?

En todo Omán hay al descubierto montañas de rocas del manto que suelen encontrarse a muchos kilómetros bajo tierra. Al interactuar con el dióxido de carbono atmosférico, lo convierten en piedra. [JUERG M. MATTER]

En síntesis

En Omán hay montañas de rocas procedentes del manto que, al reaccionar con el dióxido de carbono disuelto en el agua de lluvia, lo solidifican en forma de vetas de carbonatos minerales.

Acelerar ese proceso capturando el CO2 atmosférico, concentrándolo en agua e inyectando esta en las rocas a gran profundidad podría ayudar a combatir el calentamiento global, aunque harían falta grandes infraestructuras.

Una compañía privada está a punto de realizar la primera prueba piloto de esta «carbonatación mineral» en rocas del manto. Si se comprueba que el CO2 se mineraliza deprisa, podrían acometerse proyectos más ambiciosos.

Wadi Lawayni es un remoto valle desértico enclavado en las montañas de al-Hayar, en el interior de Omán. Para llegar allí, el visitante ha de seguir un solitario camino de tierra que se va estrechando hasta quedar reducido a unas huellas de neumáticos que discurren por un cauce pedregoso. Las aguas subterráneas de esta región afloran de tanto en tanto en pequeños estanques de un tono azulado, saturados de sales alcalinas. En ocasiones, el agua está tan repleta de hidrógeno gaseoso que burbujea como el champán al extraerla de un pozo.

El valle presenta algunos arbustos espinosos dispersos y está rodeado de crestas erosionadas de color marrón apagado que se elevan cientos de metros. Esa roca anómala se compone de minerales que son químicamente inestables en la superficie de la Tierra. Pudo formarse en el manto (la capa intermedia de nuestro planeta, que nunca hemos visto directamente), a una profundidad de decenas de kilómetros, muy superior a la de cualquier pozo petrolífero o mina de diamantes. Hace unos 80 millones de años, un accidente tectónico empujó la roca a la superficie. Ahora que está expuesta a los elementos, sufre una descomposición geoquímica latente y flatulenta.

Peter Kelemen, geólogo del Observatorio Terrestre Lamont-Doherty de la Universidad de Columbia, cree que esa rareza geológica podría ayudarnos a cambiar el curso de la emergencia climática. Me explicó su idea una tarde de enero de 2018 en Wadi Lawayni, mientras reposábamos en unas sillas plegables bajo la exigua sombra de una acacia esmirriada. El suelo de grava estaba sembrado de excrementos resecos de camello. A cien metros, bajo un toldo, habían improvisado un laboratorio provisto de mesas, productos químicos y un escáner para examinar muestras de roca. Kelemen (que ahora cuenta 65 años) tenía el pelo gris y muy corto, y la piel curtida por años de trabajo de campo. Me mostró la pared rocosa que se alzaba a nuestra espalda, hecha de peridotita, una roca parduzca y desgastada procedente del manto. La lluvia que se filtra a través de sus grietas lleva disueltos oxígeno y dióxido de carbono (CO2) atmosféricos. Cuando el agua y los gases reaccionan con la roca, se forman vetas sólidas de nuevos minerales, que van internándose en la piedra como las raíces de un árbol. La roca estaba surcada por esas vetas de color blanco cremoso. Kelemen señaló una de un centímetro de ancho, compuesta por carbonato de magnesio. «La mitad es CO2», observó. Le di unos golpecitos con un guijarro y emitió un sonido vítreo.

Kelemen calcula que las rocas del manto expuestas en Omán absorben y petrifican hasta 100.000 toneladas de CO2 al año. Eso supone en torno a un gramo del gas de efecto invernadero por metro cúbico de piedra. «Si lo aumentamos un millón de veces, tendríamos mil millones de toneladas de CO2 por kilómetro cúbico de roca y año», razona Kelemen. Él cree que es técnicamente factible, y Omán, con unos 15.000 kilómetros cúbicos de esa roca, tiene capacidad de sobra. Para acelerar las reacciones naturales, Kelemen pretende perforar hasta varios kilómetros de profundidad (donde las rocas están más calientes) y bombear agua de mar saturada de CO2 extraído del aire.

Otros afloramientos similares emergen del interior del planeta en regiones como Alaska, Canadá, California, Nueva Zelanda o Japón. Kelemen estima que las rocas de todo el mundo podrían almacenar de 60 a 600 billones de toneladas de CO2, entre 25 y 250 veces la cantidad que ha emitido la humanidad desde 1850. Y afirma que explotar ese depósito pétreo podría tener un impacto enorme. Un informe de 2019 del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático concluyó que no será posible limitar el calentamiento global a 1,5 grados Celsius (algo que se cree necesario para evitar efectos catastróficos) a no ser que eliminemos de algún modo entre 100.000 millones y un billón de toneladas de CO2 atmosférico antes de 2100. Si el proceso comenzara en 2050, eso supondría retirar entre 2000 y 20.000 millones de toneladas anuales.

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