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1 de Mayo de 2019
Historia de la ciencia

Las raíces imperiales de la climatología

De cómo el Imperio austrohúngaro dio forma a una disciplina científica con vocación transnacional para fundamentar la unidad de una amalgama multicultural.


CLIMATE IN MOTION

SCIENCE, EMPIRE, AND THE PROBLEM OF SCALE
Deborah Coen
The University of Chicago Press, 2018

El Imperio austrohúngaro, una potencia mundial regida por la excéntrica monarquía de los Habsburgo, era una fuerza a tener en cuenta durante los frenéticos cincuenta años que precedieron a 1918. En su exhaustivo y ampliamente documentado Climate in motion, la historiadora Deborah Coen explora una faceta menos conocida de aquel imperio tan aparatoso: su función como crisol de la climatología moderna. Los científicos imperiales formaban un brillante elenco, desde el meteorólogo Julius Hann, que estudió las relaciones entre los vientos dominantes, las lluvias y las temperaturas medias, hasta el geógrafo Alexander Supan, que estableció el sistema de clasificación de las zonas climáticas a escala mundial.

Coen examina la sociedad y la cultura imperiales para entender por qué el Gobierno y los dirigentes científicos austrohúngaros destinaron ingentes recursos a la meteorología y la climatología. Según la autora, la fuerza motriz se halla en la necesidad política y social de apuntalar una incómoda alianza multinacional que comprendía las actuales República Checa y Eslovaquia, así como partes de Polonia, Italia y Rumanía, entre otros territorios. Los historiadores suelen sostener que la ciencia se integra siempre en el contexto de un espacio y un tiempo específicos. Coen lo demuestra aquí de forma inequívoca.

La extensa narración abarca tres cuartas partes de un siglo, desde 1850 hasta 1925. Coen ha consultado numerosos archivos para conocer las entrecruzadas trayectorias profesionales de más de una docena de figuras notables: meteorólogos, botánicos, geógrafos, geólogos, pintores y escritores. Anton Kerner, por ejemplo, observó que la distribución geográfica de las plantas servía para determinar el pasado climático. También figuran Adalbert Stifter, novelista, escritor de viajes y pintor de paisajes sumamente popular; Emanuel Purkinyě, pionero checo de la microclimatología; y Wilhelm Schmidt y Felix Exner, que se hallan entre los primeros en simular en un laboratorio la circulación atmosférica y las alteraciones que en ella produce la topografía.

Dos temas principales entrelazan lo que, en esencia, consiste en una colección de ensayos más o menos cronológicos y conectados entre sí. El primero guarda relación con el esfuerzo del imperio por mantener la unidad dentro de la diversidad. El segundo corresponde al problema de la escala: un factor fundamental en climatología que abarca desde los microclimas hasta la circulación global.

Tras una serie de guerras, desde mediados del siglo XVIII hasta la era napoleónica, el joven Imperio austriaco (1804-1867) había sufrido enormes pérdidas territoriales, por lo que invirtió gran parte de su energía en amalgamar el territorio que le quedaba. En 1867, un compromiso alcanzado por los Habsburgo con los húngaros dio lugar a una colección más extensa y multiétnica de reinos, principalmente centroeuropeos, bajo una única corona imperial.

El nuevo Imperio austrohúngaro incluía más de diez grandes grupos de lenguas, un territorio que abarcaba desde montañas alpinas hasta estepas, y un sistema de transporte y comunicación que se mantuvo rudimentario hasta bien entrado el siglo XIX. Tal y como señala Coen, los sucesivos Gobiernos bajo el largo reinado del emperador Francisco José I de Austria dirigieron a los estudiosos hacia el objetivo de demostrar que todo pertenecía a una sola bandera. Aquello era una cuestión fundamental en una época de consolidación nacional en torno a las unidades lingüísticas. Por ejemplo, las laxas confederaciones entre Alemania, antes de su unificación, e Italia, pudieron unirse en torno a una única lengua nacional y la reivindicación de un origen étnico común. Pero esa idea no podía aplicarse a la mezcla cultural que conformaba el Imperio austrohúngaro.

Universidades, institutos, museos, herbarios, redes de observación, editoriales y departamentos gubernamentales establecieron la climatología, la meteorología y la metáfora de la circulación atmosférica como la prueba científica de la «naturalidad» del imperio. En conjunto, se desarrolló una ciencia diseñada para demostrar la existencia de una interdependencia dinámica entre regiones con una inmensa diversidad topográfica, hidrográfica y botánica. El viento procedente de Austria traía consigo lluvias a la planicie húngara, y las nieves alpinas alimentaban las tierras del Danubio. En otras palabras, cada región proporcionaba algún elemento climático fundamental del que carecían las regiones vecinas.

Tales ideas impregnaron la sociedad y fueron recogidas por economistas como Emanuel Hermann, que consideraba la climatología como un modelo para el análisis espacial de la economía imperial. El concepto, a su vez, fue desarrollado por liberales como el socialdemócrata Karl Renner, quien argumentaba que, en realidad, la diversidad generaba unidad y que el comercio crecía por medio del intercambio de mercancías sobrantes entre regiones. Implícita y explícitamente, las interdependencias climáticas se utilizaban para establecer las bases de la unidad política y económica en un alborotado imperio políglota.

Muy ligado a ello, se insistía en estudiar el clima tanto a micro- como a macroescala. La topografía y la hidrografía de una región generan climas en áreas cuya extensión abarca desde escasos kilómetros hasta continentes, y buena parte del trabajo de la climatología consiste en integrar esas zonas tan diversas. Pero aquel énfasis en la escala nacía de una necesidad de unidad a nivel político, económico y social.

En primer lugar, los investigadores estudiaron las condiciones a escalas muy pequeñas con el fin de satisfacer necesidades económicas y aspiraciones políticas regionales. Más tarde estas se integrarían en un marco imperial más amplio, en especial en los datos y mapas de la enorme colección de volúmenes Climatography of Austria, publicada entre 1904 y 1919, una descendiente mucho más detallada del tratado Cosmos, escrito en 1845 por el polímata alemán Alexander von Humboldt. En tal contexto, la política, lejos de entrometerse, estableció una lógica para desarrollar un tipo determinado de ciencia: descriptiva, dinámica y centrada en la interdependencia. Aquella labor investigadora fue el semillero de la climatología moderna. Después de que el imperio colapsara en 1918, catastróficamente debilitado por la Primera Guerra Mundial, la disciplina fue retomada por Alemania, Rusia, Austria, Gran Bretaña y Norteamérica.

Pero el complejo y reflexivo estudio de Coen trata muchos más aspectos. La historiadora analiza la manera en que el imperio promovió la popularización de la ciencia, dirigiendo a expertos y apoyando la investigación a gran escala. Un enfoque que enfatizaba la utilidad patriótica, económica, cultural e incluso recreacional de la ciencia. Pero el hecho de que la climatología naciera a partir de un contexto de políticas y normativas, de las que nunca se alejó mucho durante su desarrollo, merece precisamente este tipo de estudio en un momento en el que lidiamos con las ramificaciones de la climatología actual.

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