Cómo surge la autoinmunidad

Una nueva investigación indica que los órganos sometidos a estrés pueden atraer atacantes del sistema inmunitario.

HAYLEY WALL

En síntesis

La diabetes de tipo 1 surge a raíz de la destrucción de las células beta pancreáticas, productoras de la insulina, a manos del sistema inmunitario alterado.

Hace años se creía que tales células eran simples víctimas, pero ahora parecen ser culpables, al menos en parte, de su propia destrucción.

Los desencadenantes de este y otros procesos autoinmunitarios parecen ser diversos, facilitados por la predisposición del individuo: la composición del microbioma, los virus o la exposición a sustancias tóxicas, serían algunos de ellos.

Cuando Decio Eizirik empezó a tratar a pacientescon diabetes de tipo 1 en la década de 1980 estaba convencido de que tras ella se ocultaba un sistema inmunitario descontrolado. Estas personas carecen de insulina porque el sistema inmunitario ataca y destruye las células β del páncreas, encargadas de fabricar esa hormona esencial. «Entonces se pensaba que si se pudiera controlar el sistema inmunitario, tal vez se lograría prevenir la diabetes», comenta este endocrinólogo, hoy investigador del Instituto de Investigación de Biociencias en Indiana y de la Universidad Libre de Bruselas.

El modelo clásico define el trastorno autoinmunitario como un ataque de células defensivas «rebeldes» contra otras células del organismo. Si bien el aporte suplementario de insulina mantenía con vida a las personas diabéticas, el problema estribaba en la agresión de las inocentes células β por el sistema inmunitario. «Se consideraba que las células β eran como el difunto en un funeral: es el centro de atención, pero no hace nada», recuerda Eizirik.

En cambio, ahora parece que no son tan inocentes y que el sistema inmunitario no es el culpable de todo. A lo largo de décadas, Eizirik y otros investigadores han llegado al convencimiento de que las células β son las desencadenantes del mal. La forma en que lo hacen comenzó a conocerse a finales de los años noventa, cuando Eizirik midió los niveles de las señales químicas de las células pancreáticas. Según demostraron aquellos experimentos, en determinadas circunstancias, estas producen sus propias sustancias inflamatorias, que, a modo de llamaradas, atraen y desatan la furia de las células inmunitarias.

No está claro aún qué dispara esos destellos: pudiera ser una infección vírica o algún tipo de exposición nociva, pero este trabajo y los ensayos más recientes de varios científicos apuntan con claridad a la intervención activa de las células β. «Todo comienza en el tejido afectado», sostiene Sonia Sharma, inmunóloga del Instituto de Inmunología de La Jolla en California. «Sabemos que el tejido afectado no es un mero espectador, sino que participa en la inflamación dañina.»

La diabetes de tipo 1 es solo una más de las enfermedades autoinmunitarias, pero los datos dejan entrever que, en distintas dolencias, otros objetivos celulares también contribuyen a su propia destrucción. Recientes estudios genéticos indican que, en la artritis reumatoide y la esclerosis múltiple, las células afectadas portan genes hiperactivos que codifican proteínas ligadas a la enfermedad, y que las células inmunitarias se concentran en tales objetivos. Según explica Sharma, podrían mediar diez pasos entre el acontecimiento iniciador y el ataque final de las células inmunitarias contra el tejido afectado. «Hemos estado examinando el décimo paso, mientras que deberíamos mirar el primero, el segundo y el tercero. Se diría que hemos estado trabajando al revés», añade. Asegura que, si se desentrañaran los primeros pasos, se podrían lograr mejores tratamientos, curas o incluso medidas preventivas.

Es lógico que los investigadores se centraran de buen principio en el extremo del sistema inmunitario. Las enfermedades autoinmunitarias parecen «traiciones» de un sistema de defensa sumamente complejo que no solo evolucionó para protegernos de los patógenos invasores, sino también para vigilar a las células que amenazan con volverse cancerosas y eliminar los desechos celulares generados por las lesiones. Es el centinela que se interpone entre nosotros y el caos. Y sin duda, partes esenciales del mismo, en concreto los linfocitos B y T, desempeñan un papel fundamental en los trastornos autoinmunitarios. El tratamiento debe ir dirigido a dos objetivos: a esos glóbulos blancos y a sus lugares de actuación, asevera Eizirik. «El sistema inmunitario es tenaz y tiene una memoria de elefante. Una vez que los linfocitos T han aprendido a reconocer ciertas moléculas en las células diana, no cesan de atacarlas», advierte.

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