En busca de la especificidad

La inhibición indiscriminada del sistema defensivo como freno a las enfermedades autoinmunitarias debe dar paso a tratamientos más selectivos.

Las hermanas Isabel Hernández (izquierda) y Magdelene Quintero sufren lupus. [FOTOGRAFÍA DE ANGELIKA KOLLIN]

En síntesis

Un gran inconveniente de los tratamientos actuales contra los trastornos autoin-
munitarios es su radicalidad, que provoca numerosos efectos secundarios y vul-
nerabilidad ante las infecciones.

Se investigan nuevas terapias dirigidas contra trastornos como el lupus, la esclerosis múltiple o la psoriasis que sean más específicas. Algunas pasan por dotar al sistema inmunitario de medios con los que neutralizar a las propias células o anticuerpos anormales.

La escasez de resultados ha fomentado la búsqueda de remedios paliativos o retardantes, en ocasiones alejados de la ortodoxia médica, con frutos desiguales hasta la fecha.

A los 14 años, a Magdelene Quintero se le llenó la boca de úlceras que convertían en un suplicio el comer y beber. La piel tostada del puente de la nariz y de las mejillas se le encendió de rojo carmesí. Las yemas de los dedos se le cubrieron de llagas, como si las hubiera sumergido en ácido. Sufría subidas de fiebre y dolores de cabeza, adelgazó y siempre se encontraba cansada.

Pasó un año de consulta en consulta hasta saber que padecía lupus, una enfermedad autoinmunitaria crónica y potencialmente mortal que cursa con dolor, inflamación y lesiones en cualquier parte del cuerpo. Y transcurrieron otros dos hasta que el único reumatólogo del Servicio Indígena de Salud que atiende en su localidad, Jones, en Oklahoma, logró dar con los medicamentos y las dosis adecuadas para controlar los síntomas.

Aun así, Magdelene, que ahora tiene 25 años, se considera afortunada. El lupus también ha afectado a su hermana pequeña, Isabel Hernández, de una forma más aterradora. Comenzó a sangrar por la nariz sin cesar. En el momento del diagnóstico, a los 17 años, sufría una hemorragia pulmonar cuyas consecuencias la mantuvieron conectada a un respirador durante 88 días, al cabo de los cuales tuvo que aprender de nuevo a caminar, hablar y comer. Hoy, con 21 años, los riñones le están fallando, por lo que ha de someterse a sesiones diarias de diálisis durante varias horas para filtrar la sangre, en espera de un trasplante.

«Es desolador», dice Magdelene, que acaba de cursar un máster en ciencias biomédicas en la Universidad Estatal de Oklahoma. Le preocupa que el futuro le depare un destino similar. «Pero también me siento agradecida por mi salud y afortunada de que los medicamentos que tomo estén funcionando», añade.

Al lupus se le ha llamado «el gran imitador» porque sus síntomas, que comprenden fiebre, cansancio, dolor articular, erupciones cutáneas, dolores de cabeza, problemas de memoria e insuficiencia orgánica, a menudo semejan muchas otras afecciones autoinmunitarias. Esas manifestaciones revelan las variadas formas en las que el cuerpo se nos puede volver en contra, por culpa de un sistema inmunitario que, fuera de control, ataca a nuestras células sanas.

Hace décadas que los tratamientos contra el lupus y otras enfermedades autoinmunitarias consisten en estrategias radicales que, en esencia, sojuzgan un sistema inmunitario rebelde. Pero tales métodos causan daños que a veces son peores que la enfermedad. El principal de ellos son los corticosteroides, con una capacidad sin parangón para amortiguar la respuesta inmunitaria, pero que dejan al paciente indefenso ante infecciones peligrosas, incluso mortales.

Investigaciones recientes están renovando el modo de tratar las enfermedades autoinmunitarias, con un enfoque más matizado. Repartido por todo el cuerpo, el sistema inmunitario humano teje una red compleja de células, órganos, tejidos y proteínas de numerosos tipos, que se comunican a través de multitud de mensajeros químicos. Los modernos análisis de genes y la ingeniería molecular permiten escrutar partes concretas de esa red en busca de nuevas dianas con que tratar la autoinmunidad con mucha más precisión. Algunos de esos nuevos tratamientos persiguen poner trabas a los autoanticuerpos, unos anticuerpos díscolos que atacan a las células sanas. Otras obstaculizan a los esenciales mensajeros que viajan entre las células inmunitarias.

Pero esos tratamientos no siempre funcionan y muchas de esas enfermedades demuestran ser recalcitrantes, razones por las que numerosos afectados recurren a métodos al margen de la medicina convencional. Con la sucesión de éxitos y fracasos se está extendiendo entre los científicos una nueva visión del precario equilibrio corporal que media entre la protección y la patología. La mitad del sistema inmunitario está diseñada para luchar, con los linfocitosT citotóxicos y los linfocitos B productores de los anticuerpos como actores. La otra mitad lo está para mantener la paz, básicamente formada por los linfocitos T reguladores. Cuando la primera se descarría y la segunda no logra meterla en vereda, surge una enfermedad autoinmunitaria. «Todos y cada uno de nosotros tenemos el potencial de generar autoinmunidad», explica V. Michael Holers, reumatólogo de la Facultad de Medicina de la Universidad de Colorado, «porque nuestro sistema inmunitario se desarrolla con esta suerte de yin y yang».

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