Traición desde el interior

Síntomas debilitantes, análisis imprecisos, tratamientos ineficaces, médicos que no escuchan: el periplo de una mujer por el mundo de las enfermedades autoinmunitarias.

La vida de Maria Konnikova se vio trastocada por unas ronchas que cubrieron todo su cuerpo, una afección de tipo autoinmunitario. [FOTOGRAFÍA DE DEVIN YALKIN]

Recuerdo aquella mañana como si fuera hoy. Con palabras refinadas, yo la denomino «El día en que todo se fue a la mierda». Me estaba preparando para ir al gimnasio, algo que normalmente me da muchísima pereza, pero ese día me ilusionaba lucir los flamantes shorts que acababa de recibir por correo. Nada como estrenar conjunto deportivo para que a una le entren ganas de mover el esqueleto. Así que me los enfundé y, cuando estaba a punto de salir, sentí que me ardían los muslos. En cuestión de segundos se habían cubierto de unas ronchas enormes. Me quité la prenda y me metí corriendo en la ducha; era evidente que estaba contaminada con algo. Al cabo de un rato las ronchas menguaron. Una reacción alérgica, supuse. Devolví de inmediato los shorts y pensé que ahí acabaría todo.

Pero mi cuerpo no pensaba igual. A la mañana siguiente volvieron a aparecer. Las ronchas, no los shorts. Y esta vez, lejos de menguar, se extendieron. Días más tarde mi piel reaccionaba a todo lo que tocaba con una irritación cada vez mayor. Era como si en mi interior se hubiese desatado una malévola tormenta que nada podía aplacar.

No era mi primer episodio de reacciones cutáneas atípicas. A los 22 años me diagnosticaron mastocitosis. Me había salido una erupción supurante en forma de «J» alrededor del pecho izquierdo, tremendamente dolorosa. Mi dermatólogo, en cambio, estaba fascinado. Parece ser que este trastorno, por el cual el organismo fabrica demasiados mastocitos, un tipo de células inmunitarias que estimulan la inflamación, rara vez surge así en la edad adulta. Para empezar, afecta a menos de uno de cada 30.000 adultos, y normalmente las erupciones comienzan en la infancia. Tras confirmar el diagnóstico con una molesta biopsia, me pidió permiso para tomar unas fotos que enviaría a una revista médica. Dije que sí: me dolía demasiado para pensármelo, y el tipo estaba… encantado.

El trastorno nunca me ha abandonado del todo. Cuando estoy agotada o estresada, o en ocasiones cuando me acaloro mucho, me vuelven a brotar unos habones dolorosos. A veces se me abren fisuras. Duran unas semanas y, de repente, como si nada, desaparecen durante un año, o dos o tres. No es una enfermedad autoinmunitaria, pero sin duda mi cuerpo no cesa de producir mastocitos en grandes cantidades. ¿Acaso serían esas dichosas células las que andaban desbocadas ahora y me habían cubierto de ronchas?

No era mastocitosis, dictaminó mi médico en una consulta urgente. Los niveles de triptasa, una enzima que liberan los mastocitos, eran normales. En cambio, la tiroides estaba tocada. ¿Qué era lo que tenía? ¿Tal vez la enfermedad de Graves-Basedow, un trastorno autoinmunitario que ataca a la glándula tiroides? ¿O quizá la tiroiditis de Hashimoto?, que viene a ser lo mismo pero con consecuencias opuestas: hipotiroidismo en vez de hipertiroidismo. Y en ese caso, ¿de dónde salían las ronchas? En la mayoría de los pacientes, las alteraciones de las hormonas tiroideas no provocan erupciones cutáneas.

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