Un plan para salvar a los pumas

La endogamia de los pumas en algunas regiones es tal que están empezando a mostrar anomalías genéticas. En California, un ambicioso plan para construir el mayor puente del mundo para la fauna silvestre podría salvarlos.

Salvar a los pumas de las montañas de Santa Mónica exige conectarlos de nuevo con las poblaciones más numerosas del norte de los Ángeles, como el grupo de la sierra de Santa Susana al que pertenece este ejemplar. [SERVICIO DE PARQUES NACIONALES]

En síntesis

Solo hace tres siglos los pumas vagaban a sus anchas por toda América. Hoy sus poblaciones son mucho más reducidas y dispersas a causa de la acción humana y de construcciones que las aíslan, como las autopistas.

La fragmentación del hábitat y las barreras físicas han propiciado la endogamia y la aparición de anomalías genéticas, como las que amenazan a las poblaciones de las montañas cercanas a Los Ángeles, en California.

Una iniciativa para salvar a los pumas consiste en construir un paso elevado sobre una autopista o carretera que les permita acceder a parejas reproductoras de poblaciones más numerosas. El que se pretende construir en Los Ángeles sería el mayor del mundo.

El biólogo Jeff Sikich ha trabajado en el Área Recreativa Nacional de la Sierra de Santa Mónica, en California, desde 2002. Se ha enfrentado a un sinfín de sucesos extraños, como una vez, difícil de olvidar, en la que acudió a una llamada para disparar sus dardos tranquilizantes contra lo que resultó ser una estatua de un metro de altura de un puma y no un felino de verdad. Pero lo que halló un día de marzo de 2020 fue poco habitual y nada alentador, aunque no le sorprendió. «Siempre he sabido» que podía pasar, afirma, aunque deseaba que no fuera así.

Sikich había colocado en una jaula el cadáver de un ciervo atropellado con la esperanza de capturar un puma macho joven. Tras lograrlo, durmió al animal con un dardo tranquilizante. Al examinar más de cerca el ejemplar, «me fijé que su cola tenía algo distinto», recuerda Sikich. Se dio cuenta de que su extremo estaba torcido formando un ángulo de 90 grados, tan preciso como el de un ejercicio de geometría. Además, el felino solo poseía un testículo, pues el segundo no había descendido. Sikich le colocó un radiocollar al puma y lo bautizó como P-81, pues era el 81.o puma capturado y marcado en la región.

Pero P-81 no sería el último ejemplar en mostrar estas anomalías genéticas. Tras su captura, durante el visionado habitual del metraje de varias cámaras de fototrampeo, Sikich identificó a dos individuos más con la cola torcida. No consiguió ver sus testículos, pero el giro de la cola era evidente. Es un mal presagio para esta pequeña colonia de superdepredadores que pertenecen a una subespecie de Puma concolor, conocidos popularmente como puma, león de montaña o león americano.

Han transcurrido más de treinta años desde que los científicos hallaran por última vez ese tipo de anomalías genéticas en los pumas. En aquel entonces se identificaron en la otra punta del país y en una subespecie distinta, la pantera de Florida (Puma concolor couguar). A pesar del salto temporal y espacial, los pumas están reproduciendo dos de las mismas anomalías que manifestaron sus parientes y que se predijo los condenarían a la extinción. «Sin duda es una mala señal», advierte Stephen J. O’Brien, epidemiólogo genético de la Universidad Nova Southeastern, que colaboró con las autoridades de Florida para salvar a los pumas. «Es una llamada de advertencia.» Rescatar a la pantera de Florida exigió una increíble actuación humana, un ingente esfuerzo que también precisarán los felinos de Santa Mónica, aunque de otro tipo. Por fortuna, cuentan con la ayuda de un puma que merodea alrededor del icónico letrero que domina las colinas de Hollywood.

En el siglo XVIII, los pumas todavía vagaban a sus anchas por toda Norteamérica y Sudamérica. Hoy en día, su distribución es dispersa, si bien aún abarca de Canadá a Argentina. Allá donde se halla, P. concolor no agrupa al mismo tipo de felino —presenta unas pocas diferencias genéticas—, pero todos los miembros de la especie son cazadores silenciosos, depredadores raudos y luchadores tenaces dotados de un cuerpo alargado y esbelto adaptado a la velocidad. Los machos miden entre unos 2 y 2,5 metros desde el hocico hasta la punta de su larga y pesada cola, mientras que las hembras miden entre unos 1,5 y 2 metros. En un esprint, pueden alcanzar los 80 kilómetros por hora. Los pumas son animales solitarios. Cazan solos, duermen todo el día y emergen al salir la noche en busca de sus presas. En libertad, pueden vivir unos doce años, siempre y cuando no mueran atropellados o a causa de otro puma.

El biólogo Jeff Sikich ha trabajado en el Área Recreativa Nacional de la Sierra de Santa Mónica, en California, desde 2002. Se ha enfrentado a un sinfín de sucesos extraños, como una vez, difícil de olvidar, en la que acudió a una llamada para disparar sus dardos tranquilizantes contra lo que resultó ser una estatua de un metro de altura de un puma y no un felino de verdad. Pero lo que halló un día de marzo de 2020 fue poco habitual y nada alentador, aunque no le sorprendió. «Siempre he sabido» que podía pasar, afirma, aunque deseaba que no fuera así.

Al nacer, los pumas son pequeñas bolas de pelo adorables, suaves y moteadas. Los adultos, en cambio, tienen el aspecto de un auténtico depredador. Su cuerpo está adaptado para la caza gracias a un esqueleto ligero, pero resistente, en el que se insertan potentes músculos. Poseen patas traseras más largas que la mayoría de los grandes felinos, con las que pueden dar saltos de hasta unos 4,5 metros de alto y de hasta unos 14 metros de ancho. Esta extraordinaria capacidad para saltar les permite sorprender a sus presas desde arriba, como si surgieran de la nada. Su pesada cola les ayuda a mantener el equilibrio durante estos impresionantes saltos. Si la presa intenta huir, sus enormes garras, de casi 13 centímetros de ancho, les ofrecen un buen agarre en los giros, una ventaja indudable durante una persecución. Cuando el puma está listo para dar la estocada final, extraen sus zarpas retraídas para aferrarse a cualquier presa y desmenuzarla con sus poderosas mandíbulas, provistas de 16 dientes superiores y 14 inferiores.

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