Retinas artificiales

Mediante microcircuitos compactos que remedan la estructura neuronal del cerebro podrían fabricarse retinas de silicio que restituyan la visión, ojos robotizados y otros sensores inteligentes.
Cuando el superordenador Deep Blue de IBM derrotó al campeón mundial de ajedrez Gary Kasparov en una célebre partida disputada en 1997, lo hizo por pura superioridad física: la máquina evaluaba en un segundo unos 200 millones de jugadas posibles, mientras que su contrincante - de carne y hueso - analizaba tres, cuando más. Pese a esa victoria, los ordenadores no pueden competir con el cerebro humano en visión, audición, reconocimiento de patrones y aprendizaje. Por ejemplo, un ordenador no es capaz, como nosotros, de reconocer un amigo a lo lejos sólo por su forma de andar. Y en cuanto a eficacia operativa, no existe comparación posible: un superordenador estándar (de los que ocupan una sala entera) pesa 1000 veces más, ocupa un espacio 10.000 veces mayor y consume un millón de veces más energía que la masa de tejido nervioso, del tamaño de un melón francés, que constituye el cerebro humano.
¿Cómo se las arregla el cerebro, que transmite señales químicas entre neuronas con relativa lentitud (en milésimas de segundo), para desempeñar algunas tareas con mayor rapidez y eficacia que los procesadores digitales más potentes? La clave se encuentra en la forma que tiene el propio cerebro de organizar sus componentes eléctricos de actuación lenta.

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