Contrabando de madera

Denunciado el tráfico ilegal de palisandro en Tailandia.

Dalbergia cochinchinensis. [PIYAPONGPONPUN/ISTOCKPHOTO]

La caza furtiva de elefantes, rinocerontes y pangolines acapara titulares casi a diario. Pero ¿y el comercio ilegal de madera? No mucho. Pese a ello, la tala ilegal constituye un negocio de primer orden; la Organización de las Naciones Unidas cifra su valor en decenas de miles de millones de dólares.

Los palisandros, categoría que abarca a 33 especies comerciales de maderas nobles que tienen en común un aroma floral y dulce, son víctimas especialmente lucrativas. Estos árboles están siendo talados de manera ilegal a un ritmo vertiginoso: solo las autoridades tailandesas confiscan en promedio cada día más de un cargamento de esta madera, según una investigación publicada en línea en marzo en Environmental Conservation.

«Ignoraba por completo las dimensiones de este tráfico ilegal en Tailandia», afirma uno de los autores del estudio, Vincent Nijman, antropólogo de la Universidad Oxford Brookes. «Más de una docena de especies de palisandro corren grave riesgo de desaparecer en las décadas venideras.»

Esta madera es apreciada desde hace siglos en la fabricación de instrumentos musicales y mobiliario, pero el aumento del poder adquisitivo en China ha disparado la demanda. Muchas de las especies afectadas —originarias de Sudamérica, África y el sudeste de Asia— gozan de protección legal, pero tales medidas no han frenado el auge del comercio ilegal de su madera. La práctica ilícita no solo acaba con los árboles centenarios, sino que arrasa los tramos de selva que se desbrozan para llegar a ellos.

El control del comercio internacional se antoja difícil: no existen bases de datos fiables, y las noticias publicadas y los informes oficiales suelen estar redactados en las lenguas locales. Esto último resulta especialmente acuciante en el sudeste de Asia, puesto que fuera de esa región no son muchas las personas que dominan lenguas como el tailandés, camboyano, vietnamita o indonesio. «Esto ha permitido que hasta ahora algunos países hayan permanecido lejos de la mirada de la comunidad conservacionista internacional», denuncia Nijman.

Penthai Siriwat, doctoranda de Nijman, rastreó los noticiarios tailandeses en busca de incautaciones de palisandro, y descubrió la friolera de 835 casos desde enero de 2014 hasta abril de 2016. Siriwat y Nijman hallaron que el predictor más fiable de las confiscaciones no es el número de árboles presentes en una zona, sino la cercanía de una frontera internacional o de un puerto.

Sus pesquisas indican que la mayor parte del palisandro tailandés tiene como destino China. Quizá más importante, también señalan los lugares donde las autoridades podrían combatir con más eficacia el contrabando. El seguimiento de las incautaciones en una base de datos actualizable en el acto aportaría una información aún más valiosa, explica Nijman.

Pero, aunque esos datos estuviesen disponibles, Siriwat matiza que la magnitud del tráfico ilegal de palisandro desborda los recursos asignados para ponerle freno. «Combatir a bandas de más de 40 leñadores ilegales con patrullas de cinco agentes forestales es una misión complicada, por no decir peligrosa», me explica. «En tailandés palisandro se pronuncia mai phayung, que se asemeja a la palabra sostener. Irónicamente, el apoyo que este árbol ha recibido es hoy por hoy nulo.»

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