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  • Investigación y Ciencia
  • Mayo 2018Nº 500
Foro científico

POLÍTICA CIENTÍFICA

¿Es desinteresada la ciencia?

Productividad, libertad de conocimiento y vida sostenible en la labor científica.

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Dentro del apasionante mundo de la ciencia se esconden, a menudo, relaciones, prácticas y situaciones que no siempre encajan con la visión idealizada que suele tenerse de ella. En un seminario internacional celebrado el pasado diciembre («Collateral damages of prevailing scientific practice») y organizado por profesores de la Universidad Abierta de Cataluña y la Universidad Autónoma de Barcelona, se ha debatido sobre los cambios que está experimentando el mundo científico debido a fenómenos como la economía del conocimiento o la nueva gestión pública. Se han analizado algunos de sus efectos y las posibles formas de hacer ciencia de una manera diferente.

La ciencia ha mantenido siempre estrechos lazos con el poder. No en balde, en el pasado algunos científicos obtuvieron apoyo para desarrollar ciertos saberes o técnicas en función de los intereses de quienes estaban en el poder. Si bien esa tendencia todavía persiste, desde finales del siglo XIX y hasta tiempos recientes la ciencia se consideraba un bien común —o, al menos, los intereses privados se habían equilibrado con los públicos—, y las universidades promovían el desarrollo del conocimiento desde una posición de autonomía.

Sin embargo, de un tiempo a esta parte la ciencia como bien público, o desinteresada, ha ido perdiendo fuerza y han proliferado las políticas y prácticas que apoyan los avances en función del desarrollo económico, lo que ha dado lugar al llamado capitalismo académico. La autonomía de la universidad es ahora financiera: puede patentar productos o multiplicar sus relaciones con la empresa privada.

El valor académico se mide en términos de productividad. La calidad de los artículos, elemento central de la investigación, se mide cuantitativamente, de forma que no es suficiente su difusión en una revista relevante del área científica relacionada. La revista debe tener un alto factor de impacto, un sistema de evaluación (hasta hace poco propiedad de una gran multinacional) basado en el número de citas anuales que obtienen sus artículos: cuanto más numerosas son, más prestigio se le atribuye a la revista, una valoración no exenta de controversia [véase «La tiranía del factor de impacto», por R. Werner; Investigación y Ciencia, marzo de 2015]. Para poder consultar estas publicaciones y acceder al conocimiento desarrollado (y revisado) por los científicos, universidades y centros de investigación públicos pagan importantes cantidades de dinero a grandes empresas editoriales que obtienen márgenes de beneficio asombrosos.

 

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