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1 de Mayo de 2018
Exoplanetas

Everests de otros mundos

Un estudio argumenta que los futuros telescopios gigantes podrían detectar la presencia de grandes formaciones montañosas en planetas lejanos.

Un trabajo reciente ha propuesto una técnica para detectar la presencia de cordilleras como el Himalaya en mundos distantes. Esta recreación artística muestra las formaciones montañosas de una hipotética luna del planeta HD188753 (izquierda), un gigante gaseoso con tres soles situado a unos 150 años luz del sistema solar. [NASA/LABORATORIO DE PROPULSIÓN A CHORRO/INSTITUTO DE TECNOLOGÍA DE CALIFORNIA]

El Himalaya distorsiona el contorno de la Tierra más o menos en la misma medida que un cabello humano el de una bola de billar. Así pues, podría parecer imposible descubrir una protuberancia semejante en un planeta que orbita alrededor de una estrella lejana. En un trabajo reciente, sin embargo, dos astrónomos han propuesto un método para detectar montañas y otros accidentes superficiales en exoplanetas.

Según Moiya McTier, estudiante de doctorado de la Universidad de Columbia y una de las autoras del artículo, publicado en abril en la revista Monthly Notices of the Royal Astronomical Society, encontrar montañas podría contribuir, además, a abordar otra pregunta clave: ¿son habitables esos planetas?

La vida en la Tierra parece depender entre otros factores de la dinámica interior del planeta. La tectónica de placas recicla el carbono y regula la temperatura, y el campo magnético (debido a la acción del núcleo terrestre) proporciona un escudo contra el peligroso viento solar y otros tipos de radiación provenientes del espacio. Las montañas y los volcanes son signos de que un planeta posee, o al menos poseyó en algún momento, esa clase de dinámica interna.

En la actualidad se conocen unos 3700 planetas, aunque en líneas generales los astrónomos no saben mucho acerca de ellos más allá de sus dimensiones, su masa y algunos parámetros orbitales. La mayoría se han detectado mediante el llamado «método de los tránsitos», el cual consiste en medir la ligera atenuación en el brillo de una estrella que tiene lugar cuando un planeta que orbita a su alrededor pasa por delante [véase «Sombras de otros mundos», por Joshua N. Winn, en este mismo número]. La estrategia planteada por McTier y su colaborador David Kipping, también de la Universidad de Columbia, se basa asimismo en dicha técnica, aunque probablemente requerirá enormes telescopios que podrían tardar decenios en estar disponibles.

La propuesta se asienta en la idea de que la silueta de un planeta montañoso y en rotación debería cambiar durante el tránsito, lo que haría que fluctuasen las mediciones relativas a la disminución de brillo. A partir de varias estimaciones prudentes, los autores concluyen que sería posible medir la irregularidad superficial de un planeta tan montañoso como Marte con un telescopio de 74 metros que observara sus tránsitos durante aproximadamente 20 horas distribuidas a lo largo de unos seis meses. Un instrumento así queda sin duda muy lejos de los actuales, si bien ya hay propuestas para construir telescopios aún mayores.

Una de las principales preocupaciones de Kipping con relación a este método es que la existencia de nubes podría enmascarar cualquier accidente montañoso. Nicolas Cowan, astrónomo de la Universidad McGill que no participó en el estudio, es de la misma opinión. Este experto considera además que, incluso en ausencia de nubes, la refracción, la dispersión y la absorción atmosféricas de la luz podrían dar al traste con ese tipo de observaciones. «Me temo que, para que el método funcionase, el planeta probablemente tendría que carecer por completo de atmósfera», argumenta. Los autores, por su parte, creen que tales efectos podrían mitigarse analizando el comportamiento de la luz en diferentes longitudes de onda.

En todo caso, aun cuando se confirmase la existencia de irregularidades en un planeta, los científicos necesitarían información adicional a la hora de evaluar su habitabilidad, como la presencia de agua líquida, temperaturas tolerables o una atmósfera. «Ningún dato por sí solo va a darnos la respuesta», concluye Kipping.

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