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  • Investigación y Ciencia
  • Mayo 2018Nº 500

Evolución

La temible dentellada de los cocodrilos

Estudios intrépidos sobre la fuerza de la mordedura de estos reptiles y sus parientes revelan secretos acerca del éxito evolutivo del grupo.

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Corría un tórrido día de verano en Darwin, Australia. A cuatro pasos de donde me hallaba yacía un macho adulto de cocodrilo de estuario —el mayor reptil del planeta— de más de cinco metros y casi media tonelada. Sus inquietantes ojos felinos no apartaban la mirada de mí, mientras elevaba rítmicamente el tronco para un fuerte resoplido a través de sus orificios nasales. En aquel instante, llegué a pensar que mis colaboradores y yo quizás estábamos llevando demasiado lejos aquella investigación. Había trabajado muchas veces con cocodrilos, pero jamás con uno de semejante talla. Con el cuerpo empapado en sudor, avancé con suma cautela, armado únicamente con un mango de PVC de algo más de un metro, rematado en su extremo por un aparato con el que pretendía medir la fuerza de la mordedura de aquella bestia.

Me acerqué por el costado hasta menos de un metro de su cabeza. Inquieto, abrió sus fauces, mostró su batería de 64 dientes aguzados y siseó, una clara advertencia de que no diera un paso más. Era el momento: con el mango firmemente empuñado, introduje hasta el fondo de sus fauces el aparato concebido para medir la fuerza de su dentellada. Las mandíbulas se cerraron de inmediato atenazando el artefacto con un sonido atronador, como el disparo de un cañón. El tirón casi me lo arranca de las manos. Luego, solo hubo silencio.

Afiné todos mis sentidos y recapitulé lo que acababa de ocurrir. El reptil permanecía inmóvil como una piedra, yo estaba sano y salvo y el equipo parecía intacto. Para mi regocijo, había quedado perfectamente encajado entre los dientes posteriores. «Buena dentellada», espeté a mi colega de la Universidad de Florida, Kent A. Vliet, que estaba a mi espalda sosteniendo el amplificador de carga que registró el resultado. «¿Qué fuerza ha medido?»

«¡Mil seiscientos setenta y ocho kilos!», contestó Kent. Los investigadores y un grupo de observadores quedaron sobrecogidos al oír la cifra, mientras yo sujetaba con firmeza el mango, a la espera de que el cocodrilo dejara ir el aparato. Conforme mis nervios se templaban, reparé en que acabábamos de medir la mordedura más potente jamás registrada en un ser vivo.

Aquella jornada abrasadora en Australia constituyó el punto álgido de una larga serie de estudios que, junto con mis colaboradores, hemos estado llevando a cabo durante 17 años para esclarecer la biomecánica de la alimentación en los cocodrilos, los gaviales, los aligátores y los caimanes, un orden de reptiles conocido por el nombre de crocodilios (Crocodilia). Estos han reinado como superdepredadores en los ecosistemas templados litorales de agua dulce y en los estuarios durante más de 85 millones de años. Hace tiempo que nos preguntamos qué factores son la clave de su éxito. Nuestros hallazgos no solo explican por qué los crocodilios modernos dominan hoy esos hábitats, sino que arrojan luz sobre cómo sus ancestros prehistóricos lograron dominar, en un inicio, las orillas de las aguas continentales.

 

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