Los insectos ausentes del registro fósil

Un intrigante vacío en la historia evolutiva de los hexápodos parece esconder los secretos sobre su origen.

Un mosquito de los hongos en ámbar. [ALAMY/MUSEO DE HISTORIA NATURAL DE LONDRES]

Los insectos abundan en todas partes: en el aire, sobre el suelo, bajo él y, en ocasiones, en nuestras casas y alimentos. Sin embargo, no hay ninguno en el registro fósil de hace entre 385 y 325 millones de años. El primer fósil de insecto conocido corresponde a una criatura sin alas de hace 385 millones de años parecida a una lepisma, o «pececillo de plata». Sin embargo, durante los siguientes 60 millones de años no hay ni una sola libélula, saltamontes o cucaracha.

Este vacío, también conocido como «brecha de los hexápodos», lleva largo tiempo incomodando a los paleontólogos, dado que hoy en día los insectos se encuentran en casi cualquier hábitat terrestre que podamos imaginar. Una hipótesis sugiere que unos niveles de oxígeno asfixiantemente bajos evitaron que la diversidad de insectos se disparase durante ese período, y que tales criaturas solo proliferaron una vez que aumentó la concentración de este gas esencial para la vida.

Sin embargo, algunos avances recientes en el estudio de los niveles de oxígeno de la atmósfera de la Tierra primitiva han puesto en entredicho esa idea, explica Sandra Schachat, paleoentomóloga de Stanford que hace poco dirigió un estudio que modelizaba la disponibilidad de este gas durante la brecha de los hexápodos. Según la investigación, publicada en enero en Proceedings of the Royal Society B, el nivel de oxígeno atmosférico en dicho período habría sido mucho más elevado de lo que se pensaba hasta ahora.

El desacuerdo entre los hallazgos de Schachat y las investigaciones anteriores se debe a que su equipo utilizó datos atmosféricos más recientes, los cuales pueden obtenerse ahora de manera más económica y eficiente que antes. «Si se confirman estos resultados, podríamos descartar los niveles bajos de oxígeno como una posibilidad [para explicar la brecha]», apunta Jesús Lozano Fernández, paleobiólogo de la Universidad de Bristol que no participó en el estudio.

Schachat y su equipo escudriñaron la información sobre fósiles contenida en una base de datos paleontológicos pública. Al hacerlo, se percataron de que había algo especial en buena parte de los fósiles de insectos aparecidos tras la brecha: tenían alas. Esa fue probablemente la característica que impulsó la diversidad de los hexápodos, ya que los insectos alados pueden escapar con rapidez de los depredadores y obtener alimentos de otro modo inalcanzables, como hojas y otros insectos. «La brecha no es más que el final de un intervalo de tiempo más largo durante el cual los insectos eran muy poco comunes porque las alas no se habían originado aún», afirma Schachat.

La pregunta que ocupa ahora a Schachat es cómo evolucionaron las alas, ya que, según parece, los primeros insectos voladores descubiertos tras la brecha eran ya muy diversos. «Los dos primeros insectos alados que hay en el registro fósil no pueden ser más diferentes entre sí», señala la investigadora. Así pues, los orígenes de las alas deben encontrarse dentro de la propia brecha. Escondidos en algún lugar, podría haber fósiles de este período que revelen la manera en que los insectos se convirtieron en los primeros animales en conquistar los cielos.

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