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  • Mayo 2018Nº 500

Neurociencia

Tratamientos basados en neuroimágenes

Las técnicas de imagen médica tal vez ayuden a encontrar los mejores tratamientos para la depresión y la adicción, y podrían incluso reorientar la educación.

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Todos los días, personas con problemas comunes de salud mental reciben medicación que no les ayudará. Dar con los tratamientos que funcionen en tales pacientes requiere un arduo proceso de prueba y error. Cada terapia que falla corre el riesgo de hacer que el paciente pierda la esperanza en un remedio.

La depresión ilustra dolorosamente lo que puede fallar. En general, entre la mitad y dos tercios de los diagnosticados con depresión no mejorarán con ningún tratamiento. Los protocolos de investigación destinados a la depresión consisten en ensayos clínicos que normalmente evalúan la efectividad general de un medicamento o de una psicoterapia según el beneficio promedio en un individuo. Pasan por alto, sin embargo, la amplia franja de resultados de los pacientes, que abarca desde la recuperación completa a la ineficacia absoluta. La evaluación de fármacos antidepresivos más multitudinaria y dilatada en el tiempo, llamada STAR*D, ilustra lo que puede pasar. Se trata de un estudio de los Institutos Nacionales de la Salud de EE.UU. (NIH), basado en miles de pacientes atendidos en numerosos centros de salud del país. En ella, todos los participantes recibieron un tratamiento farmacológico inicial, y alrededor de un tercio mostró mejoras considerables. Solo un cuarto de aquellos que no respondieron al primer tratamiento mejoró con el segundo. Tras la tercera o la cuarta prescripción farmacológica, el 70 por ciento de los pacientes mostró una mejoría sustancial, pero la mayoría tuvo que experimentar uno o más fracasos antes de encontrar el fármaco adecuado.

Los tratamientos incorrectos no solo prolongan el malestar; también desaniman a los pacientes en su búsqueda de ayuda. Los participantes de STAR*D sabían que podían acceder a otros tratamientos en la siguiente fase del estudio, pero a pesar de eso, muchos no lo hacen. Un número considerable abandonó el estudio después de recibir sin éxito el primer fármaco, cerca del 30 por ciento, después del segundo, y el 42 por ciento, tras el tercero. (El tratamiento conductual de la depresión basado en una forma de psicoterapia conocida como terapia cognitiva-conductual, o TCC, también resulta francamente positivo para cerca de la mitad de los afectados.)

La explicación de las dificultades que afrontan los psiquiatras está vinculada con las imprecisiones y los imperativos económicos que conlleva el desarrollo de fármacos. Dos personas diagnosticadas con el mismo trastorno mental pueden responder de maneras completamente distintas al mismo tratamiento farmacológico dada la incapacidad actual para determinar quién responderá a qué tratamiento. Además, las empresas farmacéuticas normalmente se dirigen al mercado más amplio posible, en vez de adaptar los tratamientos a grupos más pequeños de pacientes que exhiban una forma concreta de depresión o de otro trastorno psiquiátrico. Los responsables del desarrollo de fármacos carecen también de las herramientas para implementar un enfoque más preciso. Las técnicas de diagnóstico que permiten predecir si una persona mejorará con un tratamiento determinado no forman parte de la práctica médica ordinaria.

En los últimos años, varias técnicas de imagen cerebral, combinadas con complejos algoritmos de análisis de la actividad neural, han comenzado a poner de manifiesto diferencias cerebrales entre las personas. Tales desigualdades permiten predecir si un fármaco o una psicoterapia sacarán a un paciente de la depresión o aliviarán una ansiedad social grave. Las primeras versiones de estas técnicas de diagnóstico parecen también prometedoras para averiguar si un alcohólico recaerá; incluso han comenzado a identificar si un estudiante tendrá dificultades con la lectura o con las matemáticas.

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