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DOES ALTRUISM EXIST? CULTURE, GENES, AND THE WELFARE OF OTHERS
David Sloan Wilson. Yale University Press-Templeton Press, New Haven, 2015.

Cuestión secularmente central en el dominio de la filosofía —recuérdense las disputas sobre la bondad innata del buen salvaje o sobre su contrario, encerrado en la sentencia Homo homini lupus («el hombre es un lobo para el hombre»)—, el altruismo ha pasado a ser hoy objeto de atención en diversas ramas de la biología. ¿Existe un altruismo natural entre los seres vivos? se preguntan por igual el etólogo, el genético o el neurobiólogo. David Sloan Wilson, uno de los teóricos de la evolución más prestigiosos de nuestros días, ha dedicado buena parte de su carrera académica al altruismo, desde su primer trabajo publicado sobre selección de grupo [véase «Evolución “por el bien del grupo”», por David Sloan Wilson y Edward O. Wilson; Investigación y Ciencia, enero de 2009] hasta sus más recientes investigaciones sobre la incidencia del mismo en la vida diaria (política, economía y finanzas), iniciadas en 2006.

Desde un punto de vista evolutivo, el altruismo se encuentra intrínsecamente vinculado a la organización funcional de los grupos. En la naturaleza y en la sociedad humana descubrimos grupos activos. Existen grupos que funcionan como organismos, igual que hay organismos evolucionados a partir de grupos. La constitución de los grupos funcionalmente organizados arroja nueva luz sobre el altruismo. Pero este no agota nuestra comprensión de la conducta social. Tampoco parece que, por sí misma, la altruista tenga que ser una conducta buena; de hecho, puede comportar consecuencias patológicas. Los humanos constituyen una de las especies más «grupales» de la Tierra, equiparable en cierto sentido a las colonias de insectos sociales y organismos multicelulares. La razón de que el altruismo se adquiriese en las especies sociales parece fácil de establecer. Pero las implicaciones para la sociedad humana se hallan lejos de resultar obvias.

El término «altruismo» no aparece hasta 1851, cuando fue acuñado por el filósofo francés Auguste Comte como antónimo de egoísmo. Se llama altruismo a la preocupación por el bienestar de los otros como fin en sí mismo. La mejora del bienestar de los otros requiere a veces un coste en términos de tiempo, placer, energía y riesgo. Esa acción intencional en beneficio de los demás entraña la posibilidad de recortar los propios intereses.

Una idea muy arraigada de nuestro tiempo es que la evolución explicaría el comportamiento de aves, bacterias o abejas, pero cuando se llega a la especie humana apenas si se trascienden urgencias básicas (comida, sexualidad). La pregunta sobre si existe el altruismo referido a humanos demanda una consideración específica. Por fortuna, el progreso experimentado en los últimos decenios nos permite enhebrar un relato sobre la evolución humana que hace justicia a nuestra peculiaridad conductual y cultural. [Véase «Raíces del espíritu cooperativo», por Frans B. M. De Waal; Investigación y Ciencia, noviembre de 2014.]

La idea de que el altruismo no existe cuenta con una larga tradición en el pensamiento filosófico, político, económico y biológico. Quienes ponen en cuestión su existencia no niegan que se den actos altruistas, pero la pregunta es si tal conducta se asienta en motivos o razones altruistas. Algunos egoístas empedernidos pueden ayudar a otros como un medio para alcanzar sus propios fines egoístas, pero no se califican de altruistas porque el fin de su acto altruista no termina en él. Algunos oponentes aducen mecanismos cerebrales para explicar la razón última del altruismo. La recompensa neurológica es, afirman, lo que buscamos cuando realizamos actos altruistas. Quienes hacen el bien son adictos a las drogas liberadas en nuestro cerebro. Lo hacen por placer, aun cuando no seamos conscientes de ello. En ello no hay nada malo, por supuesto. Lo único malo es que lo que ellos creen hacer en pro del bien ajeno es en realidad en pro del placer neurológico propio que comporta. En cambio, a la pregunta de si existe el altruismo, el autor responde: cuando el altruismo se define en términos de acción y de eficacia biológica relativa y entre grupos, se dará allí donde se alcance una organización funcional de grupo.

En los años setenta del siglo pasado, Lynn Margulis negaba que las células eucariotas hubieran evolucionado a través de mutaciones registradas en células bacterianas, procariotas; antes bien, surgieron de la asociación simbionte de bacterias que quedaron así funcionalmente integradas y formaron organismos de alto nivel. Los teóricos de la evolución John Maynard Smith y Eors Szathmary generalizaron ese concepto para explicar otras transiciones de grupos de organismos, incluidas las primeras células bacterianas, organismos multicelulares, colonias de insectos sociales, evolución humana y quizás el propio origen de la vida como grupos de interacciones moleculares funcionalmente organizadas. El equilibrio entre niveles de selección no es estático, sino dinámico; puede evolucionar por sí mismo. Las grandes transiciones evolutivas se caracterizan por ser acontecimientos raros en la historia de la vida y de gran alcance.

Parecería que el altruismo lanza una sólida objeción contra el núcleo central de la evolución darwinista. Resulta difícil explicar ese comportamiento generoso como producto de la selección natural. Si la selección natural privilegia caracteres que promuevan la supervivencia de los individuos y su reproducción, y si los actos altruistas aumentan la supervivencia y reproducción de los otros a costa del altruista, ¿cómo van a adquirirse por evolución los caracteres altruistas? Esta cuestión se ha venido debatiendo desde Darwin hasta nuestros días. Las ideas básicas sobre el altruismo se difundieron por autores anteriores o contemporáneos de Darwin.

Para resolver esa aporía, Wilson comienza por distinguir dos significados en el término altruista. El primero se refiere a cómo actúan las personas. El altruismo se manifestaría, por ejemplo, en la desaparición de la división entre naciones ricas y pobres, la gestión de sus asuntos por la mayor parte de la humanidad para evitar el calentamiento global y la contaminación de los mares y ríos. El segundo significado de altruismo remite a los pensamientos y sentimientos que causan que las personas actúen como actúan. Unos sentimientos y pensamientos se orientan al bienestar de los demás y de la sociedad entera, mientras que otros están orientados hacia uno mismo. En las relaciones de uno con muchos, nuestra preferencia por determinados pensamientos y sentimientos se basa en los actos que producen.

Observado en el plano de la acción, el altruismo guarda una estrecha relación con la organización funcional de grupo. Algo está funcionalmente organizado cuando sus partes operan conjuntamente de una manera coordinada para alcanzar un fin. La razón de que las personas necesiten aportar servicios para los demás se debe a que somos especies sociales y se requiere ayuda mutua para acometer juntos lo que no podemos emprender por separado. La lista de actividades que requerían ayuda mutua antes del advenimiento de la agricultura incluía el cuidado de la progenie, caza y recolección, defensa contra depredadores y agresores, así como ataque a otros grupos humanos. La agricultura condujo a un ciclo autocatalítico entre la producción de recursos y sociedades más extensas con división del trabajo. Hoy unos dependemos de otros hasta el punto de que no podríamos sobrevivir por nosotros mismos, igual que una hormiga separada de la colonia. Los orgánulos de una célula y los órganos de un organismo multicelular son milagros de organización funcional diseñados por selección natural para reforzar la supervivencia y la reproducción.

Se requiere una explicación evolutiva para dar cuenta del funcionamiento organizado de una colonia. Con su reina y sus obreras. Se requiere una explicación evolutiva para explicar también los grupos humanos, funcionalmente organizados. El caso humano reviste mayor complejidad, porque hay que añadir el componente cultural a la evolución genética. En las dos situaciones, sin embargo, la explicación descansa sobre principios comunes: la selección natural se basa en la eficacia biológica, la forma de procurar el bienestar del grupo no maximiza la eficacia biológica de los individuos integrantes y la organización funcional del grupo en cuanto tal se adquirió evolutivamente por selección natural entre grupos. En efecto, no importa cuán bien un organismo sobrevive y se reproduce, sino que lo haga mejor que el resto de los organismos en la población en cuestión. La existencia de múltiples grupos y de variación entre grupos suministra las diferencias de adaptación y eficacia biológica requeridas por la selección natural para favorecer un tipo sobre otros. El egoísmo puede ganar al altruismo en el interior de un grupo. Pero también grupos altruistas pueden vencer a grupos egoístas. El resultado dependerá del equilibrio entre esos dos niveles de selección antagónicos.

Charles Darwin apreció el problema fundamental de la vida social que hace difícil explicar de qué forma el altruismo y otros valores morales evolucionaron sobre la base de la selección entre individuos dentro de un mismo grupo. Y vio también la solución en un pasaje clásico del The descent of man: «No debe olvidarse que, aunque un elevado nivel de moralidad aporta escasa ventaja, si alguna, a cada hombre y a su progenie sobre otros hombres de su misma tribu, un incremento en el número de hombres cabales y un avance en el nivel moral aportará sin duda una inmensa ventaja de una tribu sobre otra. Una tribu que incluyera muchos miembros que, por poseer un elevado grado de espíritu de patriotismo, lealtad, obediencia, coraje y compasión, se hallaran siempre prestos a ayudarse mutuamente y a sacrificarse por el bien común, vencería sobre la mayoría de las demás tribus, y ello sería selección natural. En todo el mundo y a través de los siglos, unas tribus han suplantado a otras. Y, puesto que la moralidad constituye un elemento importante en su éxito, el nivel moral y el número de hombres cabales tiende a crecer por doquier».

Darwin se encontraba en el buen camino, pero los evolucionistas tardaron tiempo en percatarse. Lo que desde una perspectiva pudiera considerarse altruista, desde otra era egoísmo. Sobre ese antagonismo aparente, que se dio en llamar problema de equivalencia, se desató una controversia, basada en la selección de grupo. Para aludir a la evolución del altruismo sin invocar la selección de grupo se desarrollaron la tesis de la selección de parentesco, el modelo del gen egoísta y la teoría evolutiva de juegos.

Esas teorías transformaban altruismo en egoísmo. El auxilio de un pariente a otro se convirtió en ayuda individual a sus genes en el cuerpo de otro, maximizando por tanto su «eficacia biológica inclusiva». En particular, la teoría del gen egoísta realizaba la transmutación última de considerar egoísta toda evolución genética. Bajo ese parámetro, cualquier cooperación no sería más que una mezcla de oportunismo y explotación; toda beneficencia, hipocresía redomada.

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