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Una historia sin sombreado

La mirada radical sobre la historia de la ciencia.

TO EXPLAIN THE WORLD: THE DISCOVERY OF MODERN SCIENCE
Steven Weinberg. Allen Lane/Harper Collins, 2015.

To explain the world, el nuevo libro del nóbel de física Steven Weinberg, no dejará indiferentes a los historiadores profesionales de la ciencia. Está basado en las clases de historia de la ciencia que Weinberg imparte en la Universidad de Austin, Texas. Pero el autor señala de entrada que él es «físico, no historiador». No le preocupa juzgar la ciencia del pasado desde el punto de vista del presente y fustiga a los investigadores que consideran la ciencia como un producto histórico o cultural. Weinberg centra su atención casi exclusivamente en la ciencia occidental, incluyendo la ciencia del islam medieval. Aunque reconoce que otras civilizaciones generaron también conocimiento científico, Weinberg cree que el método científico —esa técnica especial que nos permite «aprender cosas fiables sobre el mundo»— fue descubierto e inicialmente explotado en Occidente.

El resultado es singular y provocador, como una historia de la arquitectura que juzgara los edificios por su adecuación a las necesidades y los códigos constructivos actuales. Weinberg menoscaba algunas de las luminarias del panteón de la historia de la ciencia, como el filósofo René Descartes y el pionero del empirismo Francis Bacon, y ensalza a otras, como Aristarco de Samos, precursor del heliocentrismo en la Antigüedad, o el químico Robert Boyle, temprano exponente de «un nuevo y agresivo estilo de física experimental».

El libro trata de forma muy competente los sistemas astronómicos y mecánicos de Nicolás Copérnico o Isaac Newton. Incluye también un centenar de páginas muy valiosas con notas técnicas sobre mecánica, óptica y astronomía en los orígenes de la ciencia moderna, en las que, por ejemplo, se deduce la ley de refracción o se da cuenta de las matemáticas de las órbitas planetarias.

Weinberg es un escritor sabio e ingenioso, como ya demostró en Los tres primeros minutos del universo (1977), un clásico de la divulgación. Así describe en To explain the world el rechazo a la ciencia aristotélica en la Universidad de París en el siglo XIII: «Si la condena salvó a la ciencia del aristotelismo dogmático, su levantamiento la salvó del cristianismo dogmático». Con frecuencia ilustra sus conclusiones históricas con ejemplos del siglo XX. Sobre Copérnico observa que «una teoría bella y simple que concuerda bien con las observaciones suele estar más cerca de la verdad que una teoría fea y complicada que concuerda mejor con ellas», y lo argumenta con un ejemplo de la historia de la mecánica cuántica, el método de Erwin Schrödinger para calcular los estados de energía del átomo de hidrógeno. De modo análogo, compara los esfuerzos del sabio persa del siglo XI al-Biruni por calcular el radio de la Tierra con una precisión injustificada, con su propia experiencia como aprendiz de físico calculando valores del campo magnético hasta ocho decimales que no aportaban nada.

Este enfoque presenta sus problemas. Bacon y Descartes se equivocaron con frecuencia, pero defendieron a la ciencia moderna cuando daba sus primeros pasos y contribuyeron a hacer de ella una actividad útil e inteligible, creando un nicho cultural para la profesión de Weinberg. Solo cabe despreciar estos logros desde una concepción muy limitada de la historia de la ciencia.

Weinberg reconoce que se encuentra más cómodo con la física a partir del siglo XVII, una vez se impuso el método científico. Su incomodidad con períodos anteriores le impide a veces apreciar el contexto de una figura o una afirmación. Uno de los casos más llamativos es el de Sócrates, de quien afirma que «no se interesaba demasiado por la ciencia natural». Esta afirmación se sustenta en un pasaje del Fedón de Platón, en el que el filósofo critica a su predecesor Anaxágoras por describir los cuerpos celestes «en términos puramente físicos, sin tener en cuenta cuál es el mejor». Solo que la historia es más compleja. Sócrates afirma en el Fedón que había suscrito la idea de Anaxágoras de un universo regido por una mente divina, pero acabó rechazándola porque no podía explicar por qué o cómo la mecánica del cosmos son la elección inevitable de una mente que, en último término, no podemos conocer. Por eso desarrolló su propio método de investigación, empezando por contrastar la hipótesis más plausible.

De modo que Weinberg cita a Sócrates como si suscribiera una postura que había rechazado explícitamente. Y aunque términos como hipótesis y lógica, fundamentales para Sócrates, no signifiquen para nosotros lo mismo que significaban para los griegos, el filósofo estaba promoviendo un método que a Weinberg se le escapa. Este método abierto e hipotético de investigación no se basaba en la pura razón ni el conocimiento divino, y recurría a las matemáticas. Muchos historiadores ven en él una formulación inicial del método científico.

Weinberg abre To explain the world con una cita del poema de John Donne Discurso sobre la sombra. Dos amantes conversan por la mañana; sus sombras se acortan gradualmente, hasta que desaparecen cuando el Sol pasa sobre sus cabezas. La última línea de la cita de Weinberg dice así: «Todas las cosas se reducen a la audaz claridad». El libro concluye con una exaltación del reduccionismo como el sendero correcto de la ciencia, capaz de explicar «por qué el mundo es como es».

El enfoque reduccionista ilumina elementos del pasado, entre ellos aspectos fundamentales de los primeros modelos astronómicos y ópticos. Weinberg manifiesta asimismo una percepción más profunda e intuitiva de las prácticas científicas que muchos historiadores y filósofos. «No aprendemos a hacer ciencia siguiendo un conjunto de normas, sino a partir de la experiencia de hacer ciencia, llevados por el deseo y el placer que nos da llegar a explicar algo.» Aun así, a veces conviene ver el sombreado, el encaje de algo en su entorno, para verlo tal y como es.

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