Electroimanes de pulsos

Potentísimos electroimanes que acumulan energías elevadísimas compiten a lo ancho del mundo por hacer progresar la ciencia de los materiales y la física.

El 3 de diciembre de 1992 empezó como muchos otros días. Llevábamos meses estudiando el mecanismo en virtud del cual un intenso campo magnético anula la superconductividad, es decir, la total ausencia de resistencia eléctrica de ciertos materiales. Nuestro electroimán de alta intensidad, proyectado y construido 11 meses antes, había generado ya miles de pulsos de campo magnético, cada uno de ellos de intensidad más de un millón de veces la del campo magnético terrestre y de energía comparable a la explosión de un cartucho de dinamita acumulada en el tamaño de un puño.

Según lo acostumbrado, sumergimos el electroimán en nitrógeno líquido para reducir la resistencia eléctrica de los hilos de sus devanados. La muestra experimental, uno de nuestros primeros superconductores de alta temperatura, estaba colocada en el centro del imán. Cerramos y aseguramos la compuerta del búnker de acero que contenía el imán, su fuente de alimentación y todos los equipos de recogida de datos. A continuación, a través de una secuencia de preparación y carga, la tensión de alimentación se fijó en 7600 volts. Entonces, uno de nosotros apretó el botón de "disparo", y ahí acabó el experimento. Se oyó una explosión, y los respiraderos del búnker vomitaron helados chorros de nitrógeno superenfriado, indicando sin lugar a dudas un fallo catastrófico del imán.

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