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En «Un éxito excepcional contra el alzhéimer» [Investigación y Ciencia, junio de 2017], Miia Kivipelto y Krister Håkansson describen un ensayo clínico para la mejora de la cognición en sujetos de 60 a 77 años. Los 631 individuos del grupo experimental siguieron una dieta específica que incluía un suplemento de vitamina D, ejercicio físico y entrenamiento cognitivo; al mismo tiempo, el grupo control recibió recomendaciones de salud. El grupo de tratamiento mostró una mejoría significativa durante los dos años que duró la investigación; el grupo de control también, aunque en menor grado.

En tales condiciones es imposible saber cuál de las medidas produjo el efecto observado. En un estudio científico, uno esperaría que la comparación entre resultados se hiciese con grupos que solo recibieron un tipo concreto de intervención. Por otro lado, aunque los autores seleccionaron sujetos con una elevada probabilidad de desarrollar demencia, y aunque indican que aquellos con una variante genética vinculada al riesgo de alzhéimer parecieron obtener mayores ventajas, ninguno de los participantes del estudio padecía la enfermedad. Resulta decepcionante que, como consecuencia, no se haya abordado el posible efecto de tales intervenciones sobre el alzhéimer. Por supuesto, algo así no es posible en un estudio tan corto, por lo que reconforta saber que la evaluación de los sujetos continuará durante siete años.

Jens Christian Jensenius
Catedrático emérito de biomedicina
Universidad de Aarhus

 

Como coautor de dos artículos publicados en Scientific American, creo que el estudio de Kivipelto y Håkansson no cumple los requisitos para ser calificado de «ensayo clínico de referencia», como afirman los autores. El hecho de que no se mencione cuánta varianza es capaz de explicar cada una de las variables, aislada o en conjunción con otras, torna ambiguas las conclusiones. En el mejor de los casos, los datos confirman el efecto de un pequeño número de factores previamente relacionados con el alzhéimer, pero no demuestran que sean causas primarias ni cuantifican su impacto sobre la enfermedad (es decir, la asociación podría ser puramente fortuita).

Además, la etiqueta de «ensayo de referencia» y el hecho de haber protagonizado la portada de una revista de prestigio puede llevar a algunas personas a pensar que quienes sufren este trastorno devastador son, de alguna manera, responsables de él, ya que si hubieran seguido la dieta apropiada, hubiesen practicado ejercicio, etcétera, tal vez podrían haber sorteado el trastorno. Puede decirse que ese riesgo de atribución causal existe en toda investigación sobre los factores que intervienen en un estado de salud dado, pero evitarlo reviste aquí especial importancia debido a la terrible carga que pesa sobre los cuidadores.

Nathan S. Caplan
Catedrático emérito de psicología
Universidad de Michigan

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