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1 de Noviembre de 2017
Reseña

Hombres, mujeres y selección sexual

Denuncia de distorsiones y delimitación de fronteras disciplinares.

TESTOSTERONE REX
MYTHS OF SEX, SCIENCE, AND SOCIETY
Cordelia Fine
W. W. Norton & Company, 2017

Aunque envuelto en el celofán de un riguroso trabajo científico, se trata de un alegato ideológico con los fundamentos empíricos cuidadosamente seleccionados en pro de la tesis defendida: los roles sexuales del pasado y del presente constituyen meras sugerencias para el futuro. A caballo entre naturaleza y cultura, Testosterone rex reclama una sociedad más igualitaria entre ambos sexos. La testosterona hace a los hombres más altos, con vello y voz profunda. Produce otras características que reputamos masculinas, como liderazgo, violencia y poderío. Mas la testosterona opera en concierto íntimo con estructuras de relación. Incluso algo tan incontrovertiblemente binario como nuestros genitales, masculinos y femeninos, formarían parte de un complejo sistema cultural. Los genitales y la socialización del género aportarían la ruta del sistema de desarrollo más obvio por donde la sexualidad biológica afectaría al cerebro humano. Tal es la tesis de Fine, psicóloga de profesión, quien había dado muestras de su habilidad expositiva en dos libros de neurociencia popular, A mind of its own y Delusions of gender.

El ser macho o hembra no constituiría a alguien en varón o mujer en la sociedad. No existe, sostiene, un cerebro de hombre y un cerebro de mujer. En cuanto se reconoce la masculinidad o feminidad de alguien, otras personas comienzan a tratarle de diversas formas como uno u otra con el apoyo de juguetes, libros, modelos de funciones y un millón de otros medios sutiles. Podemos reconstruirnos a nosotros mismos. No lo hemos hecho hasta ahora y resulta obligado preguntarse si el racionalismo optimista es lo suficientemente fuerte para vencer el arquetipo incrustado de situar al varón arriba y a la mujer abajo. Fine declara que ha llegado el momento de ser menos correcto y moralmente aquiescente. La autora es militante.

Fine se revuelve con vehemencia y humor contra lo que considera mitos incrustados en la sociedad; a saber, que, por acción de la evolución biológica, los varones amarían la arena de la competición y las mujeres odiarían la contienda; ellas preferirían el cuidado de la prole y ellos las carreras de coches o presidir empresas; los hombres serían promiscuos y las mujeres, fieles [véase «Hombres promiscuos, mujeres castas y otros mitos», por Cordelia Fine y Mark A. Elgar, en este mismo número]. Esas preeminencias atribuidas al varón se fundarían en la concentración de testosterona.

Fine pugna en su alegato contra el gradiente de Bateman, así llamado en honor al genético británico Angus Bateman, cuya investigación se inspiraba en la teoría de la selección sexual de Charles Darwin, tesis ideada para dotar de sentido a determinadas características de machos y hembras en el curso de la escala animal. Bateman ofreció una explicación convincente de por qué los machos se enzarzan en peleas y luego las hembras escogen entre ellos. Se proponía someter a contrastación una inferencia de la teoría de la selección sexual: al igual que la selección natural, la sexual necesita variabilidad en el éxito reproductor; si todos tuvieran idéntico éxito en la producción de descendencia, no habría base para distinguir entre individuos más y menos eficaces. Si, tal y como Darwin sugería, la selección sexual actúa de manera más poderosa sobre los machos, habrá una mayor variabilidad en el éxito reproductor de los machos que entre el de las hembras.

Bateman sometió a contrastación empírica la teoría de la selección sexual. A tal fin, ideó seis series de experimentos en los que machos y hembras de la mosca del vinagre (Drosophila melanogaster) se mantenían, atrapados en frascos de vidrio, de tres a cuatro días. Al final de ese período, Bateman resolvía cuántos descendientes habían tenido cada macho y cada hembra, y de cuántos apareamientos distintos. Para ello necesitó no pocas dosis de ingenio, puesto que en aquella época, los años cuarenta del pasado siglo, la biología molecular no contaba con los equipos de identificación de paternidad que hoy podemos comprar en el supermercado. El trabajo de Bateman fue el primer informe científico sobre la mayor variabilidad de los machos en el éxito reproductor; por ejemplo, el 21 por ciento de los machos no conseguía dejar descendencia, frente al 4 por ciento de las hembras. Los machos mostraban también mayor variabilidad en el número estimado de apareamientos. Pero fue la conexión de los dos hallazgos lo que constituyó la base de la explicación de por qué los machos compiten y las hembras escogen. Bateman llegaba a la conclusión de que, si bien el éxito reproductor del macho aumentaba con la promiscuidad, no ocurría lo mismo con el éxito reproductor de la hembra.

Ignorado durante largo tiempo, el trabajo de Bateman reapareció en la labor del biólogo evolutivo Robert Trivers, cuyo artículo capital se centraba en la mayor inversión que requiere la producción del óvulo comparada con la del espermatozoide. Bateman descubrió que el nexo entre el número de parejas y el éxito reproductor era mayor, con un gradiente más intenso para el macho que para la hembra. En términos evolutivos, importaba para los machos de cualquier especie ser promiscuos; las hembras, por otro lado, tienen que poner más recursos en producir huevos, así como en la gestación y cuidado de la prole, lo que determina su elección de pareja. Fine señala los experimentos de Bateman y posteriores elaboraciones de Trivers como el origen de los estereotipos sobre un macho tosco y hembras galantes.

Sin embargo, esgrime Fine, el trabajo de Bateman adolecía de numerosos errores, descubiertos algunos por Brian Snyder y Patricia Gowaty. En dos tercios de los experimentos de las series de Bateman, denunciaban, sus datos indicaban que los machos habían producido más progenie que las hembras, una imposibilidad lógica, puesto que todo individuo necesita del concurso del padre y de la madre. Los datos, además, estaban sesgados. Ni la promiscuidad ni la competición, declara tajante Fine, son necesarios para preservar el éxito reproductor del macho. Las investigaciones biológicas han venido descubriendo especies sin el gradiente masculino de Bateman.

Lo cierto es que Fine, en su parti pris, omite las conclusiones de un metanálisis realizado en 2016, el cual confirmaba la tesis de que, a lo largo del reino animal, la selección sexual suele ser más intensa para los machos. Un estudio que refleja el agitado estado en el que se encuentra la ciencia de la selección sexual.

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