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  • Noviembre 2017Nº 494

Salud

Una medicina adaptada a las mujeres

Los médicos e investigadores deben profundizar en las diferencias entre sexos para poder ofrecer mejores tratamientos a las mujeres.

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En enero de 2013, la Agencia Federal de Fármacos y Alimentos de EE.UU. (FDA) redujo a la mitad la dosis de zolpidem para las mujeres, pero no para los hombres. Se trata del somnífero más popular en la nación. La agencia había determinado que, de los 5,7 millones de mujeres estadounidenses que consumían derivados del zolpidem, un 15 por ciento estaba experimentando dificultades en la conducción hasta ocho horas después de la ingesta del fármaco, frente al 3 por ciento de los 3,5 millones de usuarios masculinos.

Se sabe desde hace tiempo que, de media, las mujeres eliminan el zolpidem del organismo más despacio que los hombres. De hecho, el metabolismo, la tolerancia, los efectos secundarios y los beneficios de muchos medicamentos ampliamente prescritos difieren de modo notable entre sexos, en términos medios. Ellas muestran una probabilidad de entre el 50 y el 70 por ciento superior de padecer una reacción adversa. El tamaño corporal, la proporción de grasa y músculo y otros factores, como los estímulos hormonales, determinan en parte estas discrepancias. Pero los médicos rara vez tienen en cuenta tales aspectos a la hora de prescribir un tratamiento. El zolpidem, que en EE.UU. se vende ahora en frascos con etiquetas rosas (dosis baja) o azules (dosis original), constituye un caso inusual de recomendación médica específica según el sexo.

Los problemas asociados a las dosis representan solo un ejemplo de cómo el sistema de salud ignora las diferencias biológicas entre sexos. Como consecuencia, las mujeres son tratadas con demasiada frecuencia como hombres. Es más, el sistema muestra sesgos en algunas patologías consideradas históricamente propias de hombres o de mujeres, aunque ambos puedan sufrirlas. Así, los médicos no logran diagnosticar las enfermedades «masculinas» en las mujeres, y viceversa, hasta que la patología ya ha avanzado hasta un punto peligroso.

Tales situaciones derivan de un vacío importante en nuestro conocimiento de las diferencias sexuales. La mayor parte de la investigación con animales se ha realizado con sujetos machos, sobre todo con roedores. Y en los ensayos clínicos con humanos, la representación femenina ha sido anecdótica. A pesar de que incluyan a ambos sexos, no suelen presentarse los análisis separados por ellos, y aunque se procediera así, los resultados podrían no ser aplicables a las mujeres, puesto que la mayoría de los participantes son hombres. Una revisión de 258 ensayos clínicos con tratamientos cardiovasculares realizado en 2003 reveló que solo un 27 por ciento de los participantes eran mujeres y que solo una tercera parte de los ensayos presentaba los resultados en función del sexo. No sorprende entonces que nadie comprendiera por qué una mujer joven hospitalizada por un infarto de miocardio tuviera el doble de probabilidades de fallecer por este motivo que un hombre.

La ausencia de mujeres en la investigación biomédica se agravó en 1977, cuando las guías clínicas de la FDA prohibieron la inclusión de mujeres en edad fértil en cualquier ensayo de fase I (seguridad) y fase II (eficacia), con independencia de si estaban planeando quedarse embarazadas o no. Aunque la FDA ya permite incluir a mujeres embarazadas en ensayos donde la gestación no se vea amenazada, el uso de muchos fármacos no se ha autorizado en mujeres gestantes por la falta de información sobre su seguridad y eficacia.

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