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1 de Julio de 1986
Medicina

Muerte súbita por fallo cardiaco

El corazón puede dejar de bombear sin aviso previo. La ayuda inmediata proporcionada por personal médico de urgencia o por testigos expertos constituye en ocasiones la diferencia que separa la vida de la muerte.

No existe urgencia médica más espectacular que la muerte por fallo cardiaco súbito. De repente, el corazón se detiene. La víctima, a menudo aparentemente saludable, se desploma sin previo aviso o, en el mejor de los casos, con breves síntomas premonitorios: dolor torácico, ahogo, sudoración, náuseas y una fatiga abrumadora. Pierde el conocimiento en cuestión de segundos, pues se interrumpe la irrigación del cerebro al cesar el bombeo del corazón. La muerte se torna inmediata, precedida de convulsiones, una fuerte sensación de ahogo e incontinencia.

En el pasado había poca esperanza para los atacados por la muerte súbita. Hoy se les mantiene artificialmente la circulación y la respiración hasta provocarles un choque que restituya las contracciones rítmicas normales del corazón. Sin embargo, esos procedimientos resultan fútiles a menos que se apliquen en los primeros minutos que siguen al colapso. Cada minuto que pasa sin administrarse el tratamiento correcto reduce drásticamente las posibilidades de reanimación.

Tanto importa que la víctima reciba ayuda médica de inmediato que en algunos países de Occidente se han establecido servicios que envían con toda rapidez especialistas entrenados a la escena de la parada cardiaca. En ocasiones el personal médico de urgencia reacciona con la celeridad suficiente para recoger la vida al vuelo, devolviendo las víctimas de la muerte súbita a una actividad normal y socialmente productiva.

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