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Estadísticas de los conflictos bélicos

Los conflictos armados son comparables a seísmos. Podrían ser graduados en una escala logarítmica, similar a la de Richter. No parece haber una forma clara de preverlos o impedirlos.
Contemplemos el fenómeno de la guerra con frialdad y distanciamiento, como si estuviésemos observando los disparates de otra especie en un planeta lejano. Desde tan olímpico punto de vista, la guerra parecerá un pasatiempo baladí. Demográficamente, apenas tiene importancia. Las bajas vienen a suponer en torno al uno por ciento de todos los fallecimientos; en muchos lugares, son más los óbitos por suicidio y, en muchos más todavía, las muertes por accidente. Si entendiéramos que lo principal es evitar la pérdida de vidas, más se lograría evitando los ahogamientos y los siniestros de tráfico que por la abolición de la guerra.
Pero nadie en nuestro planeta puede observar la guerra desde tan alta perspectiva y tan austera ecuanimidad. Ni siquiera los dioses del Olimpo lograban verse al margen de los conflictos terrenos. Hay en el entrechocar de las armas una fuerza especial que provoca las emociones más violentas - piedad y amor, miedo y odio - que tornan nuestra respuesta a las bajas en el campo de batalla desmesurada con respecto a las estadísticas vitales. La fuerza de la guerra, cuando llega, arroja al tacho, sin contemplaciones, los aspectos tranquilos de la vida: nadie permanece insensible. La mayoría de nosotros opta por uno u otro bando, pero incluso entre quienes meramente desean que cesen los combates, los sentimientos son de gran intensidad. ("Militante antimilitarista" no es en absoluto un oxímoron.)

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