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La gran supernova de 1987

El 23 de febrero de ese año, los astrónomos tomaron un primer plano de la muerte cataclísmica de una estrella de gran masa. Las observaciones del suceso han puesto a prueba la validez de la teoría astrofísica vigente.

El colapso y la explosión de una estrella de gran masa constituye uno de los espectáculos más grandiosos de la naturaleza. Nada puede comparársele en cuanto a potencia. Durante los primeros 10 segundos de la vida de la supernova, mientras el núcleo estelar colapsa para formar una estrella de neutrones, la supernova radia tanta energía, desde una región central de 30 kilómetros de diámetro, como todas las demás estrellas y galaxias del resto del universo visible juntas. Dicho de otra manera: la energía emitida en esa explosión de 10 segundos centuplica la que el Sol radiará en toda su vida de 10.000 millones de años. Una hazaña que pone en aprietos la mente de los astrónomos, bien curtida en esos desafíos.

Sin embargo, las supernovas son algo más que espectáculos distantes: fabrican y expelen las semillas de la vida. Sólo los elementos más simples y ligeros, el helio y el hidrógeno, se formaron en la primitiva bola de fuego de la gran explosión, o big bang. La mayoría de los elementos más pesados, entre ellos el carbono de nuestra química, el hierro de nuestra sangre y el oxígeno que respiramos, se forjaron en las supernovas, mucho tiempo antes de aparecer el sistema solar.

No obstante su importancia, muy pocas se han dejado ver de cerca. La última que explotó en nuestra galaxia lo hizo en 1604, algunos años antes de la invención del telescopio. Johannes Ke.pler, que la observó, sólo pudo registrar su brillo y duración. A falta de episodios próximos, la explicación de muchos aspectos de las supernovas no se movía del campo teórico. Cada año, los telescopios sí descubrían una docena, más o menos, de tales sucesos en galaxias distantes; el estudio atento de algunas supernovas remotas sirvió para someter a prueba ciertos puntos imprecisos de la teoría. Pero ningún episodio se había producido con la cercanía suficiente para que la moderna batería de instrumentos, instalados en tierra o en el espacio, pudiera seguirlo en detalle.

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