Utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar nuestros servicios y facilitarte el uso de la web mediante el análisis de tus preferencias de navegación. También compartimos la información sobre el tráfico por nuestra web a los medios sociales y de publicidad con los que colaboramos. Si continúas navegando, consideramos que aceptas nuestra Política de cookies .

1 de Diciembre de 2006
Arqueología

Ingeniería hidráulica en el México prehistórico

Los precursores de los aztecas construyeron, hace ya tres mil años, los primeros sistemas hidráulicos a gran escala de América.
Los agricultores prehistóricos del sur de México debieron de anhelar un milagro. El clima tropical hacía que los fértiles valles de la región fuesen casi ideales para el cultivo, a pesar de hallarse a poco menos de 2000 metros de altitud; las intensas lluvias aseguraban cosechas abundantes durante los seis meses de la estación monzónica. Tan favorables condiciones hicieron de esta región la cuna de la agricultura del Nuevo Mundo y el suelo natal del maíz. Pero aquellos campesinos primitivos tenían que afrontar una limitación crucial: durante medio año, el tiempo era demasiado seco para cultivar. Si dispusieran de agua durante todo el año, sus campos, que roturaban a mano, les proporcionarían dos -e incluso tres- cosechas anuales. Mas, ¿cómo obtener esa agua?
La solución no llegó de un milagro, sino de una maravilla del ingenio humano, de obras de ingeniería a gran escala, pensadas para almacenar y transportar agua. Su construcción, de cuyos modestos orígenes apenas quedan rastros, fue progresando gradualmente hasta alcanzar una escala monumental. La presa de Purrón, por ejemplo, construida en el valle de Tehuacán hacia 750 a.C., tenía una longitud de 400 metros, 100 de anchura y su alzado era de casi 25 metros. Los obreros transportaron a mano, a razón de unos cuantos kilos en cada viaje, unos 2,64 millones de metros cúbicos de tierra. Es probable que esta presa fuese la mayor estructura de retención de agua de América hasta el siglo XVIII. Los antiguos ingenieros construyeron en sus aledaños miles de kilómetros de canales y acueductos, que precedieron en dos milenios la llegada de los europeos a México. Desviaron y canalizaron las aguas de manantiales y avenidas, las condujeron a través de las divisorias de escorrentía y las hicieron contornear cañones o bajar por empinadas laderas. Otras ingeniosas obras recogían el agua de lluvia en edificios y plazas. Los pueblos del México meridional sacaron provecho de todas las formas de aprovisionarse de agua que ofrecía su entorno.

Puedes obtener el artículo en...

¿Tienes acceso?

Los boletines de Investigación y Ciencia

Elige qué contenidos quieres recibir.