El nuevo puesto de trabajo

Las técnicas de la información evolucionan más deprisa que la conducta humana.

Según el departamento de Comercio estadounidense, 1990 fue el primer año en que la inversión de capital en infraestructura de la información —o sea, en ordenadores y en equipo de telecomunicaciones— superó a lo invertido en los demás sectores de la infraestructura industrial del país. Estudiosos y comentaristas acuden a esas cifras para aseverar que la economía ha echado ya firmes raíces en la era de la información. No se cansan de declarar que el “negocio de la información” ha reemplazado al negocio industrial dominante a lo largo de nuestro siglo.

Disiento. En el negocio de la información, constituye ésta el principal recurso para crear riqueza. La construcción de tal negocio requiere más que una mera proliferación de ordenadores y de redes de datos: exige dar un nuevo sentido a lo que significa ser miembro de una organización y crear un nuevo contrato social que vincule entre sí a los miembros de una empresa de un modo hasta ahora inédito. La verdad es que las pautas de moralidad, relación laboral y sentido de empresa evolucionan mucho más despacio que la técnica. Y, sin esas pautas, el negocio de la información viene a ser algo tan ridículo como el emperador del cuento, desnudo y mofado.

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