Inteligencia artificial

Está tomando cuerpo un haz de saberes de sentido común, cuya importancia va a ser crucial.

Una de las lecciones más exasperantes que la informática nos ha enseñado hasta la náusea es que muchas de las acciones que consideramos difíciles resultan fáciles de automatizar, y viceversa. En 1944, decenas de personas invirtieron meses en los cálculos requeridos por el proyecto Manhattan; en nuestros días, la técnica para hacer lo mismo cuesta pocas pesetas. Por contraste, ninguno de los investigadores que en el verano de 1956 se reunieron en la Universidad de Darmouth con el propósito de poner los cimientos de la inteligencia artificial (IA) podía imaginar que, cuarenta años después, se hubiera progresado tan poco.

A decir verdad, los magros éxitos de la IA ha sacan a la luz las flaquezas del razonamiento computarizado, al igual que muestran lo restringido de sus virtudes. En 1965, el proyecto Dendral de la Universidad de Stanford logró un alto nivel de razonamiento automático en lo tocante a estructuras químicas. Dendral generaba una lista de las posibles estructuras tridimensionales que podría tener un compuesto y aplicaba después un conjunto reducido de reglas sencillas para seleccionar las estructuras más plausibles. De igual manera, en 1975 un programa llamado Mycin lograba superar la precisión de un médico típico en los diagnósticos de meningitis. El programa aplicaba rigurosamente criterios que especialistas muy duchos habían ido desarrollando con los años para diferenciar las tres causas de esta enfermedad. Las tareas de este tipo resultan mucho más adecuadas para un ordenador que para un cerebro humano, debido a que pueden codificarse mediante un número reducido de reglas a seguir: los ordenadores pueden repetir interminablemente unas mismas operaciones sin cansarse.

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