Las incertidumbres de la innovación técnica

Hasta los inventos e ideas geniales pueden tener tropiezos, y por contra, a veces, pequeños avances cambian el mundo.

"El futuro ya no es lo que solía", escribió Paul Valéry. No nos cuesta compartir su desencanto. A muchos de nosotros se nos aseguró, de niños, que un día viviríamos en un mundo de maravillas técnicas. El cine, la televisión, los libros y las exposiciones mundiales prometieron que el ocaso del siglo XX y los albores del XXI serían una edad de robots serviciales, coches voladores, colonias lunares, tráfico espacial, ciudades submarinas, videófonos de pulsera, ropas de papel y semana laboral de veinte horas.

Suele aducirse que incluso los pronosticadores mejor informados caen a veces en un desmesurado optimismo acerca de las perspectivas de éxito a corto plazo. Hace veinte años, por ejemplo, la construcción de un corazón artificial autónomo parecía ser meta razonable y factible a corto plazo; no empresa baladí, desde luego, pero sí al alcance. Después de todo, el corazón no es más que una bomba tetracameral; nuestros mejores ingenieros biomédicos habrían de saber construir una bomba. Pero la construcción de una bomba compatible con la delicadeza de los tejidos corporales y la sutileza de sus procesos químicos ha resultado inaccesible. Por muchos conceptos, mejor fortuna han tenido los cirujanos en el trasplante de órganos y a la hora de sojuzgar (por la fuerza bruta de los fármacos) las complejas reacciones de rechazo.

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