Programas inteligentes

Dotados de funcionamiento autónomo, los agentes aliviarán las cargas de los usuarios.

Los ordenadores son tan ubicuos como los automóviles y las tostadoras de pan, pero sacar partido de sus capacidades parece exigir todavía la preparación de un piloto de reactores. En todo el mundo, el parpadeo incesante de las cifras 00:00 en los magnetoscopios domésticos da prueba de esta paradoja. A la vez que proliferan la televisión interactiva, los asistentes y agendas electrónicas de bolsillo, amén de las tarjetas de crédito “inteligentes”, el vacío que separa a millones de usuarios inexpertos de igual número de refinados microprocesadores se va haciendo evidente con creciente nitidez. Puesto que las personas pasan cada vez mayor proporción de su vida frente a las pantallas de los ordenadores, forzoso resulta hallar acomodo entre los limitados períodos de atención de los humanos y las colecciones de datos y programas, cada vez más complejas.

En la actualidad, los ordenadores responden únicamente a lo que en el diseño de interfases se denomina “manipulación directa”. Nada sucede mientras no haya una persona que dé órdenes desde un teclado, un ratón o una pantalla táctil. El ordenador es un mero ente pasivo, a la espera de ejecutar instrucciones específicas y minuciosamente detalladas.

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