¿Un futuro mejor?

Los progresos de la medicina ponen a prueba las ideas sobre la vida.

No es difícil adivinar un futuro en el que la técnica mejore la calidad de vida. Los progresos médicos prometen más salud mediante la terapia intrauterina, la manipulación genética, la construcción de órganos artificiales, el empleo de fármacos de diseño y la aplicación de otras ingeniosas técnicas para restaurar las funciones orgánicas. Tampoco es difícil imaginar que se alargará la esperanza de vida mediante la lucha contra los agentes infecciosos.

A pesar de tan felices expectativas, son muchos hoy los pertenecientes al gremio de la ética que fruncen el ceño. La medicina del mañana quizá nos capacite para vivir más tiempo, pero ¿nos permitirá vivir mejor? Las tendencias demográficas y fiscales, objetan, no auguran sino miseria. A medida que la técnica va salvando y alargando vidas, prosiguen, se va ennegreciendo para nuestros descendientes el porvenir. Al hacerse la medicina más capaz cada vez de eliminar enfermedades peligrosas y de retrasar la muerte, habrán de ir en aumento la explotación de los recursos naturales, la destinación de los económicos a las necesidades sanitarias y la probabilidad de conflictos tanto internacionales como intergeneracionales. La propia miseria de la vejez humana se agravará también a medida que cada vez más de nosotros vayamos llegando a los setenta, ochenta y noventa años... tan sólo para vérnoslas con la artritis, la apoplejía, la enfermedad de Alzheimer o la de Parkinson.

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