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1 de Noviembre de 1986
Fisiología

La barrera hematoencefálica

Los capilares del cerebro difieren de los de otros órganos. Gracias a sus propiedades únicas actúan de celadores entre la sangre y el cerebro. Trabajos recientes muestran cómo lo logran.

En los seres humanos y en otros organismos complejos la vida depende de la homeostasis, es decir, del mantenimiento de un medio interno estable. Tal dependencia se deja sentir sobre todo en el cerebro. En otras partes del cuerpo las concentraciones extracelulares de hormonas, aminoácidos e iones (potasio por ejemplo) sufren a menudo leves fluctuaciones, en particular después de las comidas o del ejercicio físico. Si el cerebro estuviera expuesto a esos cambios, podría perderse el control de la actividad nerviosa, pues algunas hormonas y aminoácidos actúan de neurotransmisores y el ion potasio altera el umbral de excitabilidad de las neuronas. En consecuencia, el cerebro debe mantenerse rigurosamente aislado de los cambios transitorios en la composición de la sangre.

¿Cómo se lleva a cabo esa proeza? La respuesta reside en la peculiar estructura de los capilares que aportan sangre a los tejidos cerebrales. Las células de los capilares del cerebro, a diferencia de las de otros capilares, forman una pared continua que impide la entrada de muchas sustancias al cerebro. La pared capilar, ininterrumpida, constituye el soporte de la barrera hematoencefálica, cuya existencia se demostró de modo concluyente en la década de 1960. Separando el cerebro de otros tejidos, la barrera cumple una función muy importante. Ahora bien, si el aislamiento fuera completo, el cerebro moriría por falta de alimento. Afortunadamente los nutrientes esenciales atraviesan sin dificultad la barrera hematoencefálica, ayudados por sistemas de transporte que reconocen ciertas moléculas y las llevan hasta el interior del órgano.

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