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1 de Agosto de 2008
Psicología

El dilema del dopaje

La teoría de juegos explica por qué se ha extendido tanto el uso de sustancias potenciadoras en el ciclismo, el béisbol y otros deportes.

JOE ZEFF DESIGN, INC.

En síntesis

Desde hace algunos años, los escándalos de dopaje han salpicado a un número alarmante de deportes: béisbol, fútbol, atletismo y, sobre todo, ciclismo.

Entre las numerosas sustancias prohibidas en la farmacopea del ciclismo, la más eficaz es la eritropoyetina recombinante (r-EPO), una hormona artificial que estimula la producción de hematíes, lo que aumenta el aporte de oxígeno a los músculos.

La teoría de juegos hace ver por qué el dopaje del ciclista profesional resulta de una decisión racional: las sustancias potenciadoras son sumamente eficaces y su detección difícil o imposible; las recompensas del éxito, elevadas; y al ser cada vez más quienes las utilizan, los ciclistas "limpios" pueden resultar poco competitivos, con el riesgo de quedar eliminados del equipo.

La teoría de juegos puede extenderse a otros deportes. El análisis muestra cuantitativamente cómo podrían las federaciones deportivas y los organismos de control orientar sus esfuerzos para rehabilitar el deporte profesional.

Para un ciclista, nada es tan físicamente demoledor, nada desmoraliza tanto, como verse descolgado de sus competidores durante un ascenso. Las piernas le arden, los pulmones, abrasados, parece que van a reventar; aun así, echa el cuerpo sobre el manillar y realiza un esfuerzo supremo para no despegarse del líder. Sabe —demasiado bien lo sabe— que si se rezaga del pelotón se esfuma la motivación para redoblar el esfuerzo y, con ella, toda esperanza de victoria.

Conozco este sufrimiento, porque lo padecí en 1985 durante una interminable subida, a la salida de Albuquerque, cuando participaba en la Race Across America, una carrera de 5000 kilómetros sin paradas. A la salida de la ciudad había logrado ponerme a la par con Jonathan Boyer, que era entonces el segundo clasificado, pero acabaría vencedor; ese esbelto ciclista especializado en pruebas de carretera (routier) sería el primer estadounidense en competir en el Tour de Francia. Hacia la mitad de aquel rompepiernas, la conocida oleada de fatiga insuperable me bloqueó las piernas, mientras yo boqueaba desesperadamente, tratando de lograr oxígeno para continuar.

De nada sirvió. Al coronar la pendiente, Boyer se había convertido en un puntito lejano que bailaba sobre el asfalto rielante. Ya no volví a verle hasta la meta, en Atlantic City, a miles de kilómetros. Aquella noche, Jim Lampley, comentarista deportivo de la cadena ABC, me preguntó qué podía haber hecho yo para ir más rápido. "Seleccionar mejor a mis padres", respondí. Todos tenemos ciertas limitaciones genéticas, proseguí, que no pueden superarse mediante el entrenamiento. ¿Podía haber hecho algo más?

Sí. Ciertos ciclistas del equipo olímpico estadounidense de 1984 me explicaron que se habían inyectado sangre extra antes de las carreras, sangre propia (extraída con anterioridad en la temporada) o de otros que tuvieran el mismo tipo sanguíneo. En aquellos tiempos, el "dopaje sanguíneo" no estaba prohibido; tenía casi la misma consideración moral que el entrenamiento a gran altitud. En ambos casos, lo que se hace es aumentar en la sangre el número de células portadoras de oxígeno. Pero yo tenía ya 30 años y una carrera universitaria que me aseguraba trabajo. Si competía en ciclismo era, sobre todo, para averiguar hasta dónde podía llevar mi cuerpo antes de que éste se viniera abajo. La potenciación artificial de mi rendimiento no casaba con mis motivos para competir.

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