El concepto de función en biología y física

¿Es posible lograr una teoría unificada de las funciones en la naturaleza?

[JOLYGON/ISTOCK/GETTY IMAGES]

Cuando pongo en marcha el robot aspirador se producen numerosos efectos. Por ejemplo, el polvo que hay en la alfombra acaba aspirado hacia el interior de la máquina. También se producen ondas acústicas y calor, y hasta puede que un juguete olvidado en el suelo sea desplazado unos cuantos centímetros. El primero de los efectos mencionados es una función, el resto no. Por algo el aparato se llama «aspirador», y no «productor de ruido», «calefactor» o «desplazador de juguetes». ¿Qué diferencia hay entre un efecto funcional y uno que no lo es? Desde el punto de vista puramente físico no hay ninguna: el movimiento del electrodoméstico produce otros movimientos en su entorno, eso es todo. Diríamos que la diferencia depende de la intención con que fue diseñado y utilizado. Esto es, la funcionalidad de ciertos efectos la pone la intención de un agente humano. Tenemos aquí lo que podríamos llamar una «teoría intencional de las funciones» (INT).

Ahora bien, hablamos con toda naturalidad de que William Harvey descubrió, ya en el siglo xvii, que la función del corazón consiste en bombear sangre a través de un circuito formado por venas y arterias. Luego el corazón, un órgano vivo, también parece tener una función. No solo eso, sino que dicha función explica tanto la presencia de este órgano en el ser vivo como su configuración anatómica. No en vano, las explicaciones en biología son a menudo de carácter funcional. Explicamos la presencia de alas o de huesos neumáticos en las aves por la aportación que estas estructuras hacen al vuelo. Muchas veces, quienes estudian los seres vivos no cejan hasta hallar una función para cada uno de los órganos. Cuando tal función se encuentra, tenemos la sensación de haber explicado la presencia y la estructura del órgano en cuestión. Cuando no se da con ella, siempre queda una cierta impresión de déficit explicativo.

Así, cuando los paleontólogos se toparon con los restos fósiles de Pachycephalosaurus, quedaron intrigados por la estructura abombada de su cráneo. Puede que tal peculiaridad resultase de ciertas restricciones ontogenéticas y que careciese de función. Pero lo cierto es que inmediatamente empezaron a surgir hipótesis sobre su posible función. ¿Se trataba de un arma para luchar cabeza contra cabeza? ¿Servía para atacar el costado de algún competidor, predador o presa? ¿Constituía una suerte de caja de resonancia para proyectar sonidos a larga distancia? Hoy se sigue publicando y debatiendo sobre cuál fue la función más probable de ese órgano. Ello se debe a que solo cuando encontramos una buena hipótesis funcional, apoyada por indicios independientes, nos damos por satisfechos y consideramos que la presencia y la estructura del órgano quedan explicadas.

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