Sonidos de lémur

El indri es el primer mamífero conocido que canta con ritmo, aparte del hombre.

Los indris de Madagascar usan patrones temporizados repetitivos en sus extraordinarios cantos familiares. [NICK GARBUTT/NATURE PICTURE LIBRARY/ALAMY STOCK PHOTO]

Los mamíferos profieren sonidos de todo tipo, pero sus voces raramente evocan musicalidad. ¿El culpable? La falta de ritmo: la secuencia temporal que organiza en un patrón repetible los sonidos y las pausas que los separan. El ser humano era hasta ahora el único mamífero dotado de sentido del ritmo, imprescindible para crear música. Con el objetivo de averiguar cómo pudimos adquirir el oído musical, los especialistas andan tras la búsqueda de facultades similares en otras especies.

Tal razón llevó hace poco a un equipo de investigadores a recorrer las junglas de Madagascar a pie, armados de micrófonos con que grabar el notable canto del indri (Indri indri). El aspecto de este lémur recuerda a un peluche desgarbado, de pelaje blanquinegro y ojos verdes de mirada penetrante. De carácter esquivo, acostumbra a vagar por las copas altas de la pluvisilva, por lo que no es fácil de ver, pese a ser el lémur más grande de todos. Escucharlo, por contra, no entraña dificultad; sus potentes gritos son reconocibles a más de un kilómetro y medio de distancia. Además de esos chillidos prodigiosos, interpreta un variado repertorio vocal, en el que destaca un agudo canto quejumbroso, que resuena por toda la selva.

Los indris viven en grupos familiares y esos cantos distintivos facilitan la comunicación entre ellos. Como una banda familiar, los adultos interpretan duetos profundos y tristes a los que los jóvenes se suman con un coro cacofónico. Andrea Ravignani, biomusicólogo en el Instituto Max Planck de Psicolingüística de Nimega, define los cantos como «cautivadores».

Chiara De Gregorio, bióloga de la Universidad de Turín, asegura que al principio parecen caóticos, pero a medida que uno los escucha más y más, cada vez lo son menos. «Cuando uno se habitúa a oírlos, alcanza a distinguir un auténtico patrón en ellos. Cuando inician una frase, sabes lo que vendrá después, nota a nota», relata. En un nuevo estudio publicado en Current Biology, De Gregorio, Ravignani y otros colaboradores analizaron las grabaciones de los cantos de 636 individuos pertenecientes a 20 clanes familiares, para determinar si este lémur cantarín imprime un verdadero ritmo a sus vocalizaciones.

Sin cadencia no hay ritmo, así que el equipo descompuso cada grabación en sus elementos básicos para medir la duración de las notas y de las pausas intercaladas. Al comparar la duración de los intervalos entre cada sonido comprobaron que los cantos se suelen descomponer en intervalos rítmicos 1:1 (cuando los intervalos entre los sonidos son de idéntica duración, como cantar al compás de un metrónomo) o 1:2 (cuando el primer intervalo dura la mitad que el segundo). Ambos son habituales en la música.

Según los autores, del estudio se desprende que el indri se sirve de esos patrones para organizar el canto, lo que lo convierte en el primer mamífero —amén de nuestra especie— dotado de ritmo categórico parecido al humano. Este hallazgo es extensivo a todos los individuos que han sido grabados; las hembras y los machos cantaban con tempos distintos, pero ambos empleaban los mismos patrones rítmicos. De igual modo, eran capaces de mantener un ritmo constante conforme disminuían el tempo del canto (esto es, reducían la velocidad de la interpretación), una variación conocida en la música clásica como ritardando.

Aunque los indris y los compositores humanos compartan algunas estructuras similares, adquirieron esas habilidades musicales de forma independiente. El ancestro común de ambos vivió hace 77,5 millones de años, un lapso muy dilatado que hace improbable que el ritmo fuese un rasgo ancestral. Ravignani plantea como explicación alternativa que presiones sociales similares convirtieron a ambos en cantantes en momentos distintos, lo que representa un ejemplo de evolución convergente. De momento se ignora qué ventajas concretas otorga esta habilidad a los indris, pero los descubridores especulan con que la organización de los cantos en patrones repetibles facilitaría el aprendizaje de los jóvenes, o quizá la rápida coordinación de las familias cuando han de defender su territorio o reunirse.

Elizabeth St. Clair, antropóloga física de la Universidad Johns Hopkins y estudiosa de la evolución del aparato fonador de los primates, confiesa estar sorprendida por las similitudes rítmicas de los cantos del indri y las canciones humanas. «Parece ser una característica privativa de este lémur, que no se observa en otros muchos mamíferos, ni siquiera en las aves», asegura esta especialista ajena al estudio novedoso. St. Clair sospecha que los gibones, pequeños simios superiores del sudeste asiático conocidos por coordinar sus cantos, también podrían recurrir al ritmo para darles estructura.

La disección de los cantos del indri indica que este prosimio comparte el sentido del ritmo con el ser humano, pero ello genera más preguntas acerca del modo en que se comunica. Los investigadores esperan que el estudio del lémur en este aspecto impulsará las campañas de conservación que con tanta urgencia se precisan para asegurar la supervivencia de los primates. La desforestación y la caza han diezmado las poblaciones de este lémur (también las del gibón), hasta el punto de que algunos expertos cifran la población en libertad en un escaso millar de individuos, y todo apunta a que la cifra irá a la baja. Las previsiones indican que en 2070 habrá desaparecido el 93 por ciento de los bosques y las selvas de Madagascar.

Si queremos saber por qué los primates comenzaron a usar la música, es esencial seguir estudiando el canto del indri. «El sistema de comunicación es una ventana indirecta a su mente», afirma Ravignani. «Los lémures guardan multitud de secretos en su cabeza y analizar su producción sonora nos permitiría descubrirlos.» 

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