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  • Investigación y Ciencia
  • Abril 2000Nº 283

Cambio climático

Confinamiento de los gases de invernadero

Sepultar bajo tierra o en las profundidades oceánicas el dióxido de carbono podría aliviar algo las preocupaciones sobre el cambio climático.

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El foco del debate sobre el cambio climático se ha desplazado. Hasta ayer mismo, todavía se dudaba de que el origen de las alteraciones del clima fuera la actividad humana. Concretamente, ¿había que culpar a las emisiones de gases por el llamado efecto invernadero, que atrapan el calor radiado por la superficie terrestre? Con pruebas abrumadoras en favor del "sí", el debate se centra ahora en las medidas a tomar para proteger nuestro clima.

Una solución que podemos desechar con certeza casi absoluta es el agotamiento de los combustibles fósiles: carbón, petróleo y gas natural. Morris Adelman, experto en la economía del petróleo y gas, lleva treinta años insistiendo en este punto. En los últimos 150 años, desde los principios de la era industrial, la concentración atmosférica de dióxido de carbono (CO2) ha crecido casi un tercio, de 280 a 370 partes por millón (ppm), sobre todo por la quema de combustibles fósiles. En los años noventa, la humanidad descargó un promedio anual de 1,5 ppm de CO2, índice que sigue aumentando año tras año. Si bien éste no es el único gas de invernadero emitido —otros son, por ejemplo, el metano y el óxido nitroso—, los expertos cifran en dos tercios la contribución de las emisiones de dióxido de carbono al calentamiento global previsto. El temor a las posibles catástrofes que comporta un cambio del clima mundial instiga a grupos ecologistas, gobiernos y ciertas industrias a intentar reducir el nivel de gases de invernadero en la atmósfera, mejorando la eficacia energética y buscando fuentes de energía alternativas.

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