Utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar nuestros servicios y facilitarle el uso de la web mediante el análisis de sus preferencias de navegación. También compartimos la información sobre el tráfico por nuestra web a los medios sociales y de publicidad con los que colaboramos. Si continúa navegando, consideramos que acepta nuestra Política de cookies .

Actualidad científica

Síguenos
  • Google+
  • RSS
  • Investigación y Ciencia
  • Junio 2018Nº 501

Neurociencia

El impulso nervioso, reimaginado

Unos físicos que han reproducido experimentos de hace medio siglo aseguran que las neuronas no se comunican mediante impulsos eléctricos, sino mecánicos.

Menear

En la habitación de un hospital de Copenhague, una joven yace tumbada en una camilla. Mantiene el brazo izquierdo extendido, con varios electrodos conectados a él. Cada pocos segundos, un chasquido resuena en el aire: una descarga eléctrica. Y cada vez que eso sucede, los dedos se le contraen involuntariamente y el rostro se le crispa. Al acabar el día habrá recibido cientos de ellas.

La mujer, a la que atienden varios médicos ataviados con batas, está cediendo el brazo por 1000 coronas danesas, unos 135 euros. Thomas Heimburg, formado en biofísica y mecánica cuántica, se halla sentado en un taburete a una distancia prudencial, bosquejando en su iPad los detalles de un crudo experimento del cual espera resultados trascendentes.

Los facultativos han inyectado a la mujer un anestésico local, lidocaína, a una dosis que le insensibiliza el miembro. Al principio los nervios no responden a las descargas, pero los asistentes aumentan gradualmente la intensidad. Ahora las sacudidas alcanzan los 40 miliamperios, casi diez veces el valor inicial, similar a la corriente que circula por una bombilla de cinco vatios.

¡Zas! Otra descarga. La mano se retuerce como una serpiente moribunda. Heimburg, con la vista fija en un monitor de la pared, no presta atención a ella. En la pantalla, una onda que representa la señal eléctrica en los músculos y los nervios del brazo exhibe un pronunciado pico, lo cual indica que las descargas, en progresivo aumento, han empezado a sobrepasar el efecto de la anestesia. El nervio está emitiendo ahora impulsos con tanta fuerza como antes de inyectar la lidocaína. Heimburg parece complacido. «Esto pone en entredicho todo lo escrito en los libros», afirma con voz serena.

Miembro del Instituto Niels Bohr de Copenhague, institución célebre por sus investigaciones en física, Heimburg abriga la esperanza de poder rebatir buena parte de lo que recogen los libros. Yo mismo presencié en diciembre de 2011 el experimento descrito, concebido para investigar un misterio médico que se remonta muchos años atrás.

Los anestésicos generales se llevan aplicando en medicina 170 años y hoy se conocen docenas. Si se eleva poco a poco la dosis, todos silencian las funciones nerviosas del cuerpo y del cerebro en un orden definido: primero la creación de los recuerdos, luego la sensación de dolor, después la consciencia y, por último, la respiración. Ese mismo orden se repite en todos los animales, desde el ser humano hasta la mosca.

Pero hasta hoy nadie sabe cómo opera realmente la anestesia. El óxido nitroso, el éter, el sevoflurano y el xenón poseen estructuras moleculares tan dispares que a primera vista parecería improbable que ejercieran los mismos efectos uniéndose a proteínas similares de las células, como ocurre con otros medicamentos.

Puede conseguir el artículo en:

Artículos relacionados