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  • Junio 2018Nº 501
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Reseña

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El Paleolítico y Mesolítico británicos

Crónica de un episodio clave para entender la transformación que vive en nuestros días la paleoantropología.

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EARLY HUMANS
Nick Ashton
William Collins, 2017

La paleoantropología parece despertar de su letargo con una eclosión de nuevos planteamientos, ideas e hipótesis. Según revelaciones de este mismo año, una mandíbula y piezas dentarias desenterradas tiempo atrás en Israel serían los fósiles de Homo sapiens más antiguos encontrados fuera de África, lo que atestiguaría su llegada a la península arábiga. Ocurrida hace unos 180.000 años, se discute si esta fue una incursión esporádica o un asentamiento de mayor permanencia. Por otro lado, un cráneo hallado en una cueva de Marruecos ha adelantado el origen de nuestra especie: con una antigüedad de unos 300.000 años, tales restos serían unos 100.000 años anteriores a los fósiles de Etiopía de humanos plenamente modernos, los cuales se suponían los más antiguos. El registro marroquí plantea, entre otros interrogantes, un posible origen africano distinto del canónico.

A ello se ha sumado la genética, de acuerdo con la cual habría habido varias oleadas de emigración fuera de África. Los genomas de individuos de África meridional apuntan a una divergencia humana hace entre 350.000 y 260.000 años. Esa zona del continente estuvo ocupada por el género Homo desde hace unos dos millones de años, con una importante fase de transición desde la Edad de Piedra temprana hacia la intermedia hace entre 600.000 y 200.000 años.

En Early humans, el arqueólogo Nick Ashton nos habla de un aspecto regional, aunque clave, de la transformación de la disciplina: el Paleolítico y el Mesolítico de lo que hoy constituyen las islas británicas. En efecto, pese a la dureza de la Edad del Hielo, los ancestros humanos colonizaron un enclave remoto del continente europeo. Los períodos glaciales e interglaciales tuvieron consecuencias de largo alcance para los primeros visitantes de la entonces península británica.

Ashton parte de una historia doméstica del Pleistoceno. Subía lentamente la marea mientras un grupo familiar deambulaba por el estuario. Sus miembros se detuvieron para ver pacer un rebaño de caballos. Un rinoceronte solitario se dibujaba a los lejos y se adivinaba la silueta de tres mamuts. Los padres no quitaban la mirada de unas hienas que estaban despedazando un alce a un tiro de piedra. Aquel día la familia viviría de raíces, crustáceos y bivalvos. Los tres niños parecían ajenos al peligro, pisando los charcos. El hijo mayor percibió el riesgo y les apremió a marcharse: tenían que alcanzar el bosque de pinos antes de que anocheciera. La familia siguió su camino dejando un rastro de huellas en el fango.

Esa escena se produjo hace casi un millón de años en Happisburgh, en la costa de Norfolk. La deducimos de los restos que nos han llegado: huesos, útiles de piedra y huellas de pisadas. Fue al comienzo de una larga historia de tropiezos y vueltas. A medida que el clima cambiaba, en ciclos recurrentes de temperaturas cálidas y frío polar, aquellos humanos retrocedían al Mediterráneo y, a cada ciclo de calor, se encaminaban de nuevo hacia el norte. Con la historia de Homo se va entretejiendo la evolución de aves, hábitats, mamíferos, insectos y flora, al compás de cuatro glaciaciones y cambios en el nivel del mar.

A las pisadas de Happisburgh, descubiertas por el propio Ashton y Martin Bates en mayo de 2013, se les otorga una antigüedad de 800.000 años. El sedimento se había ido depositando en el estuario de un río desaparecido desde hacía mucho tiempo, cubierto posteriormente por la arena, lo que preservó su superficie. Se supone que el individuo que dejó la impronta pudo pertenecer a H. antecessor, que vivió en Atapuerca hace 800.000 años, fue sustituido por H. heidelbergensis, al que sucederían los neandertales hace unos 400.000 años, reemplazados después por los humanos modernos. Hace algo más de 40.000 años llegó a la isla el ser humano moderno, marginando a los neandertales residentes, confinados hasta su rápida extinción. Pese a las nuevas artes de caza y a maneras diferentes de acometer las rutinas, los humanos modernos lucharon por sentar pie en Bretaña.

Se trata de las pisadas de homínidos más antiguas conocidas fuera de África. Antes de ese espectacular hallazgo, las primeras pisadas de las que se tenía conocimiento eran las de Uskmouth, en Gales del Sur, fechadas hacia el año 4600 antes de nuestra era. Creían los paleontólogos que los homininos del período requerían un clima mucho más cálido. Pero los restos prehistóricos de Happisburgh, junto con ochenta herramientas paleolíticas de sílex, en su mayoría núcleos y lascas, evidencian que se habían adaptado al frío y que habían desarrollado métodos avanzados de caza, indumentaria, refugio y calentamiento mucho antes de lo que se venía sosteniendo.

Cuando se produjeron las pisadas de Happisburgh, el estuario ocupaba un valle abierto rodeado de bosques, con un clima similar al de la actual Escandinavia meridional. Lo habitarían mamuts, rinocerontes, hipopótamos, ciervos y bisontes perseguidos por grandes depredadores: dientes de sable, leones, lobos y hienas. Abundarían los venados y las plantas comestibles. Unos depósitos ricos en sílex suministrarían a sus moradores la materia prima para sus herramientas.

A medida que el clima se estabilizó en una franja templada de temperaturas, volvió el abedul y, andando el tiempo, el bosque caducifolio. Los cazadores, recolectores y pescadores explotaron la amplitud de recursos que podía ofrecer la región. Arcos y flechas de sílex dieron una palmaria ventaja en la caza, mientras las trampas y represas añadían el pescado y aves a la dieta. Aprovecharon la fructificación estacional de avellanas y otras nueces. Practicaron la quema regular de las espesuras para atraer a los venados. Se adentraron en otras islas con embarcaciones elementales. Muy pronto llegaría la agricultura.

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