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  • Junio 2018Nº 501
Foro científico

Epidemiología

La necesidad de una vacuna universal contra la gripe

Cien años después de la letal pandemia de 1918, el riesgo persiste.

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Este año se cumple un siglo de una de las epidemias infecciosas más terribles de las que se tiene constancia: la pandemia de gripe de 1918 que se calcula que provocó entre 50 y 100 millones de muertes en todo el mundo.

Varios motivos explican la sobrecogedora mortalidad: en primer lugar, la mayoría de las personas posiblemente no estuvieran inmunizadas contra la nueva cepa vírica; en segundo lugar, puede que esta fuese especialmente mortífera; en tercer lugar, el hacinamiento y las malas condiciones higiénicas permitieron que la enfermedad se propagase con enorme rapidez, sobre todo en las regiones con menos acceso a la atención sanitaria; por último, aún faltaban varios decenios para que aparecieran los fármacos antivíricos y las vacunas antigripales.

El pasado siglo se lograron grandes avances en todas esas áreas, pero seguimos sin estar preparados para la inevitable aparición de un virus como el de hace cien años. De hecho, solo en Estados Unidos las epidemias ordinarias de gripe matan entre 12.000 y 56.000 personas al año, porque los virus estacionales evolucionan continuamente y, aunque actualicemos las vacunas con frecuencia, su efectividad puede quedarse limitada al 40 o 60 por ciento. Además, la protección que confieren las vacunas estacionales contra una pandemia es poca o nula. Los virus pandémicos suelen formarse por un proceso denominado «salto antigénico», que consiste en la adquisición, normalmente a partir de los virus de la gripe animal, de uno o varios genes nuevos (como parece ser que ocurrió en 1918, porque los ocho genes del virus pandémico eran nuevos).

Desde 1918, se han producido tres pandemias de gripe asociadas con saltos antigénicos: en 1957, en 1968 y en 2009. No obstante, en cada uno de estos casos, los nuevos virus surgieron al mezclarse genes de virus de la gripe animal con los genes de virus descendientes del de 1918, que ya circulaban en la población humana, de forma que muchas personas gozaban al menos de cierta inmunidad parcial. Esta situación, sumada a una menor patogenicidad de los virus y a las mejoras en la infraestructura sanitaria y los tratamientos, probablemente haya comportado que las pandemias sobrevenidas desde entonces hayan sido menos catastróficas.

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