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  • Junio 2018Nº 501
Libros

Reseña

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Trampas bohmianas

De la desmitificación de la física cuántica a la teoría de la conspiración.

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QUANTUM SENSE AND NONSENSE
Jean Bricmont
Springer, 2017

Si los libros llevaran advertencias, como las cajetillas de tabaco, la de este Quantum sense and nonsense de Jean Bricmont podría ser «¡Cuidado! Este libro no es lo que parece». En efecto, tanto el título como la portada, la contraportada y el prefacio nos sugieren que la idea principal del texto es la de «disipar el misticismo que ha rodeado a la mecánica cuántica». En esta era de desinformación organizada en la que la mecánica cuántica suele servir de coartada para todo tipo de supercherías pseudocientíficas, un libro con ese noble objetivo es probablemente necesario, incluso urgente [véase «Mecánica cuántica: interpretación y divulgación», por Adán Sus; Investigación y Ciencia, julio de 2017]. Es por ello por lo que el curioso lector no puede sino decepcionarse cuando, ya en la página 6, se nos anuncia que las respuestas a las supuestas tres grandes cuestiones de la física cuántica (el papel del observador, la cuestión del determinismo y la concerniente a la localidad) se nos darán dentro del marco de la teoría de Bohm-De Broglie.

Formulada en los años veinte del siglo pasado por Louis de Broglie y redescubierta en los años cincuenta por David Bohm, esta teoría constituye una alternativa a la mecánica cuántica (o más bien, una reinterpretación) en la que las partículas son «guiadas» por una onda que las acompaña y que se mueve en un potencial cuántico. Pertenece a la familia de las llamadas teorías de variables ocultas; es decir, aquellas que añaden a la mecánica cuántica usual una variable no regida por la teoría cuántica estándar (en este caso, la posición de la partícula). Las teorías de variables ocultas «locales» (aquellas que no generan efectos que se propaguen más rápido que la luz) han sido descartadas por los experimentos basados en las desigualdades de Bell [véase «Un test de Bell sin escapatorias», por Carlos Abellán, Waldimar Amaya y Morgan W. Mitchell; Investigación y Ciencia, enero de 2016]. Sin embargo, la teoría de Bohm es no local. La mayor diferencia con la mecánica cuántica es que, en ella, las partículas sí siguen trayectorias bien definidas.

Con todo, varios trabajos teóricos y experimentales han demostrado que las trayectorias predichas parecen entrar en contradicción con lo que realmente se observa en algunos experimentos; un problema que los bohmianos achacan a las características del propio proceso de medida. Pero, además, el origen y el significado de su extraño potencial cuántico no están nada claros y, sobre todo, no parece haber manera de combinar esta teoría con la relatividad especial einsteiniana para dar lugar a una alternativa a la teoría cuántica de campos, la cual no solo es capaz de explicar de manera asombrosa los experimentos de partículas elementales, sino que predice con éxito la existencia de nuevas partículas, como el célebre bosón de Higgs.

El autor se da rápidamente cuenta del problema ético y lógico que se plantea al intentar exponer ante el público general una teoría que, aunque bien conocida desde hace más de sesenta años, sigue siendo minoritaria en la comunidad científica. ¿No sería mejor intentar convencer primero a esta última? Su respuesta es que distinguirá siempre entre «lo que es generalmente aceptado y lo que no lo es»; se referirá a «libros que exponen visiones distintas» a la suya y, por último, que «no hay un consenso científico sobre las cuestiones discutidas» en la obra.

Esto último es una trampa evidente: puede que haya discusión sobre esas cuestiones, pero el consenso es claro en cuanto a que la teoría de Bohm no proporciona una descripción adecuada de la naturaleza. En lo que se refiere a los dos primeros argumentos, el lector verá pronto que esas buenas intenciones se ven desmentidas por el tratamiento del libro: los defensores de la interpretación usual y mayoritaria de la teoría cuántica (llamados por el autor «ortodoxos») son descritos sistemáticamente como individuos que se encogen sin cesar de hombros y que, o bien no tienen ningún interés en los fundamentos de la teoría, o bien tienen todo tipo de ideas fabulosas sobre la realidad.

Para ello se recurre a una cierta cantidad de citas muy manidas y sacadas de contexto, todas ellas de hace décadas. No hay ninguna intención de hacer una presentación equilibrada y actualizada del debate sobre la interpretación de la física cuántica. Se incurre en tergiversaciones y manipulaciones evidentes: incluir una y otra vez una frase de Wigner sobre la consciencia (el propio Wigner cambió de idea más adelante, como se reconoce en una nota al pie), abusar de una evidente boutade de David Mermin, y cortar una frase de John Archibald Wheeler para hacer creer que la interpretación usual de un experimento es que podemos «modificar el pasado» (unas líneas más adelante, Wheeler explica que esa es una manera incorrecta de pensar, pero parece que al autor se le olvidó incluirlo). La única interpretación de la mecánica cuántica que se discute en detalle es, casualmente, la más minoritaria y fabulosa de todas (la interpretación de los «muchos mundos»), en un intento de reforzar el efecto de que no hay alternativas racionales a la teoría de Bohm.

El autor no es capaz de resistirse al influjo de las siempre atractivas teorías de la conspiración. ¿Cómo explicar que las ideas que defiende sean minoritarias en la comunidad científica? Muy fácil: «Las ideas de Einstein, Schrödinger, De Broglie, Bell y Bohm nunca fueron realmente entendidas y, por tanto, nunca fueron realmente refutadas. En su famoso debate, Bohr no respondió de la manera adecuada a Einstein; la paradoja del gato de Schrödinger fue ignorada; las teorías de De Broglie y Bohm se rechazaron sin ser examinadas. Finalmente, el resultado de Bell sobre no localidad fue casi universalmente mal entendido».

¿En serio? ¿El gato de Schrödinger, ignorado? ¿Einstein y las desigualdades de Bell, no entendidas? A medida que avanza el libro, el autor se va animando y pierde el control: «Pero, como la ortodoxia nos ha dicho que la mecánica cuántica es completa y que “variables ocultas” es una mala palabra, no verán nada nuevo en esto» (refiriéndose a cómo los físicos solemos interpretar las desigualdades de Bell).

El asunto se pone involuntariamente cómico cuando llegamos al debate Einstein-Bohr. Tras dedicar el grueso del libro a explicar que la mayor parte de la comunidad de físicos no ha entendido aspectos básicos de la teoría, el autor confiesa que no está «muy seguro de cuáles eran los puntos de vista de Bohr». No es extraño, ya que en lugar de citar directamente el famoso artículo de Bohr de 1935, Bricmont incluye una cita (llena de cortes nada casuales, una vez más) de Bell citando a Bohr. ¿No ha leído el autor el artículo original? Su tesis, directamente importada de Bell, es que el discurso de Bohr era abstruso e ininteligible. Sin embargo, la lectura completa del artículo de Bohr deja un mensaje prístino, que además tiene la ventaja de seguir siendo correcto más de ochenta años después: no hay manera de realizar una medida sin perturbar de alguna manera el objeto que se mide, cuestión central en el debate entre Einstein y Bohr.

Por último, tras intentar contenerse durante varios capítulos, el autor aprovecha la coartada de una supuesta discusión sobre el impacto cultural y filosófico de la teoría cuántica —en realidad, todo se presenta de manera somera y superficial— para introducir, ya sin ambages, la teoría de la conspiración en todo su esplendor: las ideas de Bohm (publicadas en Physical Review, la mejor revista de física del mundo) fueron rechazadas por sus convicciones políticas y, durante décadas, una especie de élite científica habría bloqueado activamente cualquier alternativa a la interpretación usual de la teoría cuántica. El sonrojo del lector ya es, a estas alturas, de incredulidad ante tanta desfachatez intelectual.

¡Qué ocasión perdida para un libro cuyo auténtico objetivo fuera el de disipar el misticismo que rodea a la física cuántica en la cultura popular! Mucho me temo que este solo contribuirá a aumentar la confusión.

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