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1 de Junio de 2018
Reseña

Una guerra vírica mundial

Cien años después, un relato histórico rastrea con gran maestría las sendas que tomó la pandemia de gripe de 1918.

EL JINETE PÁLIDO
1918: LA EPIDEMIA QUE CAMBIÓ EL MUNDO
Laura Spinney
Crítica, 2018

La pandemia de gripe de 1918 afectó a casi un tercio de la población mundial de la época: unos 500 millones de personas. Ocasionó entre 50 y 100 millones de muertes; en comparación, los fallecidos en la Segunda Guerra Mundial se estiman en unos 70 millones. Siendo así, ¿por qué no se recuerda mejor esta catástrofe?

La periodista científica Laura Spinney reflexiona acerca de este enigma y sobre la naturaleza de la memoria histórica en su impactante obra El jinete pálido. En ella, la autora llega a la conclusión de que la pandemia es bien conocida por pequeñas tragedias personales, pero no como experiencia colectiva. Evitando una narrativa lineal, Spinney ha construido su relato a semejanza de la tradición talmúdica, en la que se añaden comentarios a un texto que se expande en círculos. La pandemia se halla en el centro, pero con ella se entrecruzan otras historias —reflexiones acerca de la práctica médica, investigaciones científicas, planificación urbana, creencias religiosas, sistemas políticos e ideas y prácticas sobre el modo de detener la enfermedad— que conducen hacia el modelo actual de catástrofe y a preocupaciones del calibre del sida, el zika o el ébola.

Uno de los mensajes de Spinney es que la pandemia fue un fracaso de la medicina, la ciencia, las autoridades civiles y militares, los Gobiernos y la sociedad, que, como colectivo, no pudo controlar ni frenar este azote. Se dice que la historia la escriben los vencedores; sin embargo, este desastre no tuvo ningún «vencedor» en cuyo interés pudiera perpetuarse la historia.

Aunque la pandemia se expandió por todo el globo, afectó de manera desproporcionada a África y Asia, con más keniatas muertos que escoceses y más indonesios que holandeses. La extensa investigación de Spinney ha sacado a la luz casos ocurridos en campos de batalla europeos, en minas de oro africanas, en las comunidades indígenas de Alaska y Shanxi, en la China rural, así como en la ciudad santa de Mashhad, en Persia, y en Río de Janeiro. El mundo se convirtió en una inmensa incubadora de la enfermedad y el virus se extendió en oleadas, la más mortífera de las cuales comenzó a mediados de 1918. ¿Saltó desde un ave o un cerdo al ser humano en alguna populosa comunidad rural china? ¿O alguna sustancia de las empleadas en el frente de guerra occidental, como el gas mostaza, provocó una mutación del patógeno que se propagó a gran velocidad entre las debilitadas tropas?

La investigación forense de Spinney en busca del «paciente cero» sugiere tres posibilidades: un soldado ingresado en un hospital militar en Francia, un campesino en Shanxi, o un granjero muy pobre en Kansas. De forma sugerente, la autora especula sobre la posibilidad de que estas alternativas estuviesen relacionadas: un obrero chino enfermo que viajó por EE.UU. con el Cuerpo de Trabajadores Chinos británico pudo haber contagiado a un recluta de Kansas la víspera de embarcar hacia el campo de batalla en Francia.

Una cosa sí es cierta: la denominación «gripe española» es difamatoria. La censura que sufrían los países en guerra silenció las noticias sobre los brotes de gripe en Flandes a comienzos de 1918. Los médicos franceses la llamaban «enfermedad número once». Los primeros reportajes ampliamente difundidos vinieron de un país neutral, España, sobre todo los que hacían referencia a la enfermedad del rey Alfonso XIII [véase «Y se le llamó gripe española», por Anton Erkoreka Barrena; Investigación y Ciencia, junio de 2017]. Así pues, y sin antecedentes previos, la gripe adquirió este inadecuado epónimo. A ello hay que sumar la inveterada costumbre de culpar al «otro»: en Senegal, la enfermedad se llamó gripe brasileña; en Brasil se culpó a los alemanes; en Polonia, a los bolcheviques; y en Persia, a los británicos.

Con el contagio global como devastador telón de fondo, las vidas y muertes descubiertas a través de cartas, diarios, biografías y memorias resumen este intenso relato. Spinney recurre a imágenes potentes. Encontramos a médicos que, «al igual que muchos comerciantes de vino de Burdeos», intentan definir los sutiles cambios de color de un paciente como desde un saludable rosado hasta un azul malsano; o leemos sobre una paloma moribunda que revolotea en las manos del dramaturgo Edmond Rostand, quien moriría tres semanas más tarde. Descubrimos extraños rituales populares para alejar la epidemia, como una «boda negra» en un cementerio judío en Odessa. Y se nos recuerda que apenas hay un cementerio de la época sin lápidas dedicadas a víctimas de la epidemia.

La pandemia se extinguió en 1920, pero su impacto persistió en comunidades y naciones, doblemente devastadas por la guerra y por la enfermedad. Muchos Gobiernos, estremecidos por no haber podido controlarla, reconocieron que la enfermedad infecciosa no era solo responsabilidad del individuo. A mediados de 1920, la mayor parte de los países europeos habían establecido programas de asistencia sanitaria. Alemania y Gran Bretaña ampliaron sus rudimentarios programas previos a la guerra. La recién creada Unión Soviética puso en marcha una organización centralizada para las comunidades urbanas que hacía hincapié en la salud pública. En EE.UU., las encuestas sobre salud y morbilidad se coordinaron en 1925. En China se estableció en 1930 un Servicio Nacional de Cuarentena. Aparecieron expertos en epidemiología, virología y farmacología. La Fundación Rockefeller, en Nueva York, se convirtió en un pilar importante de la salud pública internacional. Y el Instituto Pasteur de París fundó su primer establecimiento en ultramar, en Teherán, para estudiar las enfermedades infecciosas.

Hoy, con nuevas epidemias exacerbadas por los rápidos y constantes viajes internacionales de personas, animales y organismos virulentos, los Gobiernos están preparándose para una futura pandemia de gripe. Las principales preguntas son cuándo y cuán grande será. Organismos como la Organización Mundial de la Salud y los Centros para el Control y Prevención de Enfermedades de EE.UU. vigilan el cambio climático y los brotes de enfermedad, evalúan la evolución de cepas víricas para potenciales vacunas y preparan redes de laboratorios de emergencia y sistemas de vigilancia [véase «Evolución vírica en la era genómica», por Raúl Rabadán; Investigación y Ciencia, abril de 2012]. Los modelos epidemiológicos calculan que morirán entre 20 y 100 millones de personas: unas cifras aterradoras por más que constituyan una fracción de la población mundial más baja que la de 1918. La cuarentena, la prohibición de grandes reuniones y la vacunación masiva desempeñarán su papel tras las lecciones aprendidas hace un siglo.

Junto con una investigación ejemplar, la narrativa de Spinney está repleta de detalles fascinantes y poco habituales, como cuando al equipo de fútbol del Real Madrid se le añadió en su denominación el calificativo «real» como parte de un movimiento de «deportes para la salud» tras la pandemia de gripe. Incluso hay lugar para el actual presidente de los EE.UU., Donald Trump: la herencia de su abuelo, víctima de la gripe, fue el origen del imperio propiedad de la familia.

Tal y como el centenario de este gran suceso hace esperar, aparecerán otros libros sobre la pandemia. En este sentido, cabe concluir que El jinete pálido ha colocado el listón muy alto.

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