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Los intrones

Se creía que en la regulación de los genes de los organismos complejos sólo intervenían proteínas. Sin embargo, un sistema regulador hasta ahora desconocido, basado en el ARN, podría encerrar las claves del desarrollo y la evolución.

LENNART NILSSON

Lo que suele darse por supuesto, esa suerte de ideas acríticamente aceptadas, entrañan cierto peligro, sobre todo en ciencia. Empiezan siendo la interpretación más plausible y cómoda de los hechos, pero pueden llegar a convertirse en artículos de fe con los que las nuevas observaciones deben encajar; así ocurre cuando su veracidad no puede comprobarse de forma inmediata y sus deficiencias no resultan obvias. Ahora bien, si el volumen de información que contradice la ortodoxia se torna abrumador, ésta termina por cuartearse.

El proceso de información genética podría haber llegado a ese punto de inflexión. Desde hace medio siglo, el dogma central de la biología molecular reza así: la información genética, codificada en el ADN, se transcribe en forma de moléculas intermediarias de ARN, que a su vez se traducen en proteínas, o secuencias de aminoácidos. La fe dominante, encarnada en el aforismo “un gen, una proteína”, da por supuesta una sinonimia general entre genes y proteínas. A modo de corolario, se sostiene que las proteínas, amén de sus funciones estructurales y enzimáticas, constituyen los principales agentes reguladores de la actividad génica.

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