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1 de Junio de 2017
Salud pública

Aguas contaminadas

Cada vez más poblaciones de EE.UU. y otras partes del mundo están detectando compuestos perfluorados en el agua potable. Los científicos y las entidades reguladoras intentan determinar hasta qué punto resulta peligroso.

JESSE BURKE

En síntesis

En numerosos lugares de EE.UU. y otras regiones del mundo se han observado altos niveles de compuestos perfluorados (PFC) en el agua potable. Muy usados en la industria, los PFC no se degradan con facilidad y se acumulan en la sangre.

Varios estudios han mostrado una posible correlación entre altas concentraciones de PFC en sangre y déficits inmunitarios, hepatomegalia y otras afecciones. No obstante, por el momento no existen pruebas de causa directa.

Los investigadores encuentran dificultades a la hora de determinar qué niveles de exposición pueden considerarse seguros, ya que los posibles efectos varían en animales según la especie y resultan difíciles de aislar en los estudios con humanos.

El parque empresarial Pease International Tradeport, en los suburbios de Portsmouth, New Hampshire, comprende 250 empresas, un campo de golf y un par de guarderías. Casi 10.000 personas se trasladan cada día a él para trabajar. Sin embargo, bajo el suelo yace un legado tóxico. Hasta 1988 el lugar era una base de la Fuerza Aérea de EE.UU., donde los bomberos incendiaban aviones antiguos durante los ejercicios de entrenamiento para luego sofocar las llamas con espuma sintética. En aquella época no parecía importar que este producto fuese absorbido por el suelo; pero, con el tiempo, eso acabaría contaminando las aguas subterráneas que los trabajadores de Pease y sus hijos llevan décadas bebiendo.

Hace tres años, los científicos tomaron muestras del agua potable de Pease y detectaron compuestos perfluorados (PFC, por su denominación en inglés), los mismos que se usan en las espumas antiincendios. Su concentración era hasta 35 veces más elevada de lo que la Agencia de Protección Ambiental (EPA) de EE.UU. considera apto para el consumo. Los PFC, que han sido utilizados durante décadas en cientos de productos, se hallan ahora dispersos por el suelo y los acuíferos del planeta entero. En el mundo industrializado, prácticamente todas las personas llevan en sangre algunas de estas partículas procedentes del agua, los cultivos, la carne o el pescado. Pero, en aquellos lugares donde se han fabricado o empleado como materia prima, estos compuestos pueden acumularse hasta alcanzar niveles muy superiores a la media.

El número de zonas de riesgo está creciendo. En mayo de 2016, a la vista de varios indicios sobre su toxicidad para fetos y lactantes, la EPA redujo la recomendación de PFC en el agua potable a un nuevo mínimo: 70 partes por billón (partes/1012), del orden de una cucharada en 20 piscinas de tamaño olímpico. Desde entonces, varias comunidades en más de dos docenas de estados de EE.UU. han referido concentraciones que exceden ese límite. Y, debido a la atención causada, cada vez más localidades están buscando y encontrando problemas.

Los descubrimientos alimentan los temores de que el agua del país, ya amenazada en muchos lugares por el plomo y otras sustancias, no sea segura. Los PFC constituyen una preocupación creciente porque siguen apareciendo de manera generalizada y porque las cantidades ingeridas en el agua potable se suman a las procedentes de los alimentos y otros productos. Entre 2013 y 2015, la EPA buscó PFC en todas las compañías públicas de agua que abastecían a poblaciones de más de 10.000 personas, así como en una muestra de 800 sistemas de menor capacidad. En 66 de ellas, que servían a un total de seis millones de estadounidenses, se detectaron niveles de PFC superiores al nuevo umbral de la EPA en al menos una ocasión.

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