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  • Junio 2017Nº 489
Libros

Reseña

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Reflexiones metacientíficas

Penrose y las limitaciones de la física.

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FASHION, FAITH, AND FANTASY IN THE NEW PHYSICS OF THE UNIVERSE
Roger Penrose
Princeton University Press, 2016

En octubre de 2003, Roger Penrose impartió una serie de conferencias en la Universidad de Princeton en las que ponía en cuestión varias tesis fundamentales de la física moderna, a las que tildaba de seguidoras de modas, recibidas con fe más o menos ciega y fruto de la fantasía, de una imaginación que en nada desmerecían de los delirios de los autores de ciencia ficción. Si algo parece contrario al quehacer científico riguroso es lo que esa trilogía —moda, fe y fantasía— designa.

A lomos de las ideas allí expuestas se publicaron libros más o menos críticos con la teoría de cuerdas y con otras tesis capitales. En este libro, Penrose depura sus ideas al hilo de lo reflexionado por él y por otros desde entonces. [Véase «Los límites del método científico», por Adán Sus; Investigación y Ciencia, abril de 2016.]

En el mundo de la física hay de todo menos tranquilidad. El modelo estándar de la física de partículas describe los bloques constitutivos de la materia y las interacciones fundamentales. Pese a su enorme poder explicativo, se muestra incapaz de dar cuenta de la materia oscura ni de por qué hay más materia que antimateria, entre otras cuestiones. Se atribuye esa debilidad a la existencia de nuevas partículas aún por descubrir. Una de las extensiones más estudiadas del modelo estándar, la supersimetría, postula cientos de ellas. Esos y otros modelos se proponen ahormar un universo implausible.

La materia oscura y la energía oscura dan cuenta del 95 por ciento del contenido total de materia y energía del universo. Y lo que reviste mayor curiosidad: sus densidades en el universo actual vienen a ser del mismo orden de magnitud, un hecho tan inverosímil que los cosmólogos han convenido en denominarlo «problema de la coincidencia cósmica». De ese universo implausible podemos pensar que es mucho más extraño de lo que cabría imaginar. Pero, para interpretarlo, los físicos no se entregan a modas y creencias ni dejan volar la fantasía. ¿O sí? Si por esa tríada entendemos tendencias cambiantes a capricho, fe ciega en lo que afirma una autoridad sobre algo que no alcanzamos a entender, o delirios de la imaginación desbocada, es evidente que no podemos predicar esos atributos de las grandes teorías de la física. Parece obvio que la naturaleza no se espeja en la voluble condición de las tendencias humanas, que su método experimental hipotético-deductivo no se compagina con un repertorio de dogmas, y que su roma objetividad no se acerca a una ficción que desprecia la lógica.

Pese a ello, hay aspectos positivos en esa tríada que Penrose va descubriendo en sendos capítulos. Ninguna teoría alcanza el estatus de preeminente por meras razones externas, sino por sus virtudes, las cuales convencen a los científicos de su validez y hacen que se convierta en tendencia. Sin embargo, eso no obsta para que se sitúe muy lejos de la realidad física diaria y pueda acabar cayendo en contradicciones con esta y su observación. Por lo demás, no se trata de un fenómeno nuevo o reciente. En la historia de la ciencia fueron teorías de moda el geocentrismo de Ptolomeo, que perduró más de un milenio, y el flogisto, desenmascarado por Lavoisier. Además, las teorías físicas del pasado pueden mantener su eficacia aunque hayan sido superadas por otras posteriores. Ocurrió así con la teoría newtoniana de la gravitación, que se plegó ante la relatividad einsteiniana, y con el electromagnetismo de Maxwell, mejorado en su versión cuántica. En ambos casos, la teoría más antigua continúa manteniendo su certidumbre dentro de sus límites de aplicabilidad.

A propósito de la teoría de cuerdas, ejemplo de entre las que se toman por sujeta a la moda, Penrose destaca las seis dimensiones espaciales extra que esta requiere, las cuales se alejan de la realidad física a la que estamos habituados. Para mostrar la fe acude a la creencia ciega de que los procedimientos de la mecánica cuántica deben seguirse a pies juntillas, sin que importe la extensión y la masa de los elementos físicos a los que se aplique la teoría. Una fe que se ha visto respaldada por experimentos notabilísimos, como los de Serge Haroche y David Wineland en el campo de la óptica cuántica, quienes demostraron la posibilidad de medir y manipular partículas individuales sin destruir sus propiedades cuánticas, un hito que en 2012 sería reconocido con la concesión del premio Nobel de física.

Para escenificar la fantasía, trae a consideración el origen del universo; un universo que, ese sí, trasciende todos los límites de experiencia observable. Cabe, sin embargo, esperar que los avances en las técnicas de observación permitan transformar lo que ahora parece una ficción cinematográfica en un cuadro convincente de nuestro universo real. A diferencia de la teoría de cuerdas, sí parece que algunas descripciones imaginativas del origen del universo puedan someterse en un día no muy lejano a algún tipo de contrastación empírica, como ya anuncian los datos aportados por satélites y telescopios. En un análisis de autocrítica radical, Penrose confiesa que también esa tríada de moda, fe y fantasía ha condicionado su propia obra, desde la teoría de los twistores hasta la cosmología cíclica conforme, que presentó en 2005.

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